lunes, 22 de febrero de 2010

Torre de Babel

Aunque destartalada y vieja todavía conservaba el esplendor de años pasados, de hecho cuando cruzabas el umbral de su puerta comprobabas que entre aquellas paredes el tiempo se había paralizado. Sus techos altos y abovedados sujetos por vigas madera hacían que el nocivo humo que se respiraba flotara de manera permanente, igual que la niebla que cubre los cielos de la ciudad del Támesis. Bajo una extensa capa de colillas y ceniza, se vislumbraba un suelo de mosaico que después de tantos años casi habían desaparecido las geometrías figuras que lo decoraban. Tras una larga y pegajosa barra marcada por los cercos de las copas, descansaban unos grandes barriles de madera que guardaban litros de un vino rancio que tanto gustaba a sus fieles parroquianos, los cuales aprovechaban el bajo coste de esta bebida espirituosa para alegrar su retiro dorado jugando interminables partidas de dominó. Frente a ella estaban las habitaciones que años atrás habían sido la vivienda de sus fundadores, pero ahora servían para completar el aforo del local. En la parte trasera había un pequeño patio, su suelo adoquinado y desnivelado por el inevitable paso de los años hacía prácticamente imposible mantenerse erguido. Esto era un verdadero problema para sus beodos habitantes, ya que cuando salían a vaciar sus castigados riñones hacían verdaderos equilibrismos para no darse de bruces. Estaba coronado por un centenario ficus de interminables raíces, cuya agradable sombra creaba un pequeño microclima que hacía a los cálidos meses de verano más llevaderos.

Aquel lugar centro de acogída de lo más granado del barrio, era una auténtica institución, una mezcla entre la Cueva de Luis Candelas y el Gran Café Gijón, admitía a cualquier persona sin importar su raza, credo, o religión. Según contaban los más viejos del barrio era tal el embrujo que ejercía sobre quienes la visitaban que una vez entrabas en ella ya no podías salir. Algo parecido a aquellas antiguas historias de sirenas que utilizaban la seducción de sus cantos para hacer naufragar a los marineros. Evidentemente por razones que se escapan a la lógica caímos rendidos en su misterioso hechizo y haciendo honor a la leyenda entramos a formar parte del selecto club bodeguero. Desde ese mismo instante todo nuestro universo quedó reducido a aquellas cuatro paredes que sólo abandonábamos en contadas ocasiones para visitar a la vecina del segundo, que según decían vendía cosa fina. El resto del tiempo al igual que nuestro dinero lo perdíamos en largas partidas de cartas, pero de entre todas las actividades ludópatas que no lúdicas que practicábamos, había una en particular que nos gustaba más que la angelical e inocente mirada de Natalie Imbruglia.

En una de las habitaciones que antaño habían ocupado sus fundadores se instaló un futbolín, porque con gran visión comercial su dueña pensó que debido a la cada vez mayor afluencia de gente joven sería una buena fuente de ingresos para sus arcas. Y no andaba equivocada porque allí pasábamos prácticamente todo el tiempo, hasta el punto que monopolizamos aquella estancia como si fuera de nuestra propiedad. Desde aquel día se dejó de escuchar el mítico programa “Tu canción, tu recuerdo” que emitían en la 97.7 Valencia y que tanto les gustaba escuchar a sus parroquianos, para dar paso al constante y metálico traqueteo de los jugadores pateando la pelota. La sorpresa vino cuando llegó el momento de hacer la recaudación y recoger los jugosos beneficios, ¿sabéis cual era la recaudación?, NADA y os preguntareis: ¿cómo es posible que después de tantas horas jugando no haya ni una peseta?, aquí tenéis la respuesta.

En vez de monedas introducíamos una cinta metálica por la pequeña ranura que quedaba cuando tirabas de la palanca que accionaba la caída de las bolas. Cuando ésta hacía tope tirabas de la palanca a la vez, y activabas el mecanismo que hacía salir las bolas, igual que si hubieses metido una moneda. Tras el monumental cabreo de la dueña y con la firme promesa de que no lo volveríamos a hacer dejó el futbolín, eso sí, con un complejo sistema de seguridad para que nadie pudiera introducir nada por aquella “rajita”. Con lo que no contaba es que nuestra promesa la habíamos hecho con los dedos cruzados, porque un nuevo sistema para echar partidas gratis ya estaba en funcionamiento. Era más rudimentario y consistía en aplicar las leyes básicas de la física, es decir, volcábamos el futbolín hacia el lado por donde salían las bolas y debido a la gravedad estas salían de balde por su propio peso. Fue entonces cuando de manera tajante tomó medidas drásticas y como solución, clavó las patas del futbolín al suelo para evitar futuros levantamientos. Tras esas drásticas medidas no encontramos la manera para jugar partidas gratis, así que abandonamos nuestra afición, lo que provocó la definitiva retirada del futbolín.

Esto es sólo una muestra de las muchas anécdotas que allí vivimos, porque en aquella pequeña Torre de Babel claro ejemplo de convivencia entre gentes de distinto pelaje, pasamos una etapa importante de nuestras vidas, quizás la mejor. Y aunque cada vez se hacen más borrosos los recuerdos, siempre que tenemos la oportunidad nos gusta rememorar aquellos interminables días en los que vivíamos bajo su misterioso embrujo. Nada queda ya de la antigua bodega y las historias que ocurrieron en ella, por eso intentaré relatarlas dentro de los límites del secreto sumarial, porque hay algunas que son de uso exclusivo, de aquellos que durante una década respiramos el inconfundible aroma de la “sarna bodeguera”.

martes, 9 de febrero de 2010

De repente, un extraño

Después de las interminables vacaciones estivales llegaba el momento de comenzar un nuevo curso escolar. Mientras mi madre preparaba el uniforme, una mezcla de sentimientos contrapuestos embargaba mi corta existencia. Por una parte estaba feliz por el reencuentro con mis viejos compañeros de pupitre, a los cuales les enseñaría las heridas de guerra que el verano había dejado grabadas en mi piel, pero también me acompañaba la incertidumbre por conocer al nuevo maestro, el cual y según la versión de los hermanos mayores se gastaba muy malas pulgas. Por otra parte volvería a sentir el inconfundible pero efímero aroma de mis nuevos libros de texto, ya que en breve probarían el aceitoso sabor de mis bocadillos de atún. Sin más remedio y añorando las aventuras vividas a bordo de mi bicicleta, cerraba la cartera en la que guardaba el libro de Vacaciones Santillana por terminar y ponía rumbo hacia el colegio.

Al entrar a clase el ruido era ensordecedor y comenzaba un festival de besos, abrazos y lágrimas de algún que otro nostálgico que no se había hecho a la idea de que el verano habían llegado a su fin. Tal y como imaginaba mis amigos y yo mostrábamos orgullosos nuestras cicatrices, mientras que las chicas entre confidencias hablaban de sus estivales amores platónicos. Había unas reglas no escritas en virtud de las cuales tenías que compartir pupitre con tus amigos del alma, si eras del sector empollón ocupar las primeras filas y viceversa si pertenencias a los revoltosos, aunque estas normas siempre se revocaban por orden de la autoridad competente. El profesor después de aquellos momentos de cortesía y al grito de ¡¡SILEEENCCCIOOO!! , ponía orden al atronador guirigay. Acto seguido y después de una breve presentación se producía un acontecimiento que cada año se repetía, la llegada del “NUEVO”. Mientras que con voz temblorosa decía su nombre, los matones de la clase se frotaban las manos pensando en las perrerías de las que iba a ser víctima, nosotros en cambio intentaríamos por todos los medios acogerlo bajo nuestra protección, siempre y cuando no se declarara empollón, porque en esas circunstancias no podríamos hacer nada por el, y quedaría abandonado a su suerte. Con toda esta liturgia nos aclimatábamos a nuestra nueva vida, los temores por el comienzo de una nueva etapa habían desaparecido, y a la hora del recreo el verano quedaba ya como un fugaz recuerdo.

Los días transcurrían con total normalidad dedicándonos a los menesteres propios del mes de septiembre: forrar los libros, renovar el material escolar y para los que tenían la suerte de haber crecido unos centímetros (que no era mi caso), estrenaban zapatos y uniforme. Pero de repente toda esta rutina se vio alterada por una noticia que cruzó el barrio de parte a parte, perturbando la tranquilad de todos sus habitantes, en especial de nuestras madres. Según decían por los colegios de la zona merodeaba un tipo extraño que ofrecía de manera desinteresada regalos a los niños. Fue en ese momento cuando mis padres me explicaron que jamás aceptara caramelos, ni regalos de desconocidos. Aunque permanecía atento a sus explicaciones, pensaba que estaban locos porque: ¿que mal había en recibir prebendas de una persona altruista?, pero no fui el único, ya que todos los integrantes del colegio habían recibido la misma arenga. Como es de suponer aquel día una morbosa curiosidad despertó en nosotros y aunque con el miedo en el cuerpo, ansiábamos que algún día no muy lejano aquel extraño señor apareciera por el Liceo cargadito de regalos. Por alguna extraña razón que se escapaba a nuestro entendimiento se cumplió la máxima que dice: “Ten cuidado con lo que deseas podría hacerse realidad”, porque aquel caballero nos estaba esperando junto a la cabina telefónica que había frente a la puerta del colegio para repartir regalos.

Desoyendo los consejos paternos nos preparamos para la madre de todas las batallas, intentar llegar el primero para conseguir el mayor número de regalos posibles, aunque en realidad nadie sabía que regalaba. Cuando el profesor dio por finalizadas las clases, nos ajustamos los tirantes de las mochilas, apretamos con firmeza los cordones de nuestros zapatos y nerviosos nos dirigimos hacia la salida. Pero un imprevisto echó al traste nuestro ansiado sueño, porque directora del colegio había prohibido de manera taxativa la salida hasta nueva orden. Por lo visto aquel extraño individuo que vestía gabardina y gafas oscuras era un tipo peligroso que estaba ávido de niños, y hasta la llegada de la policía debíamos permanecer dentro. El rumor corrió como la pólvora ante la indignación de todos, y como nadie estaba dispuesto a renunciar a su regalo se produjo una avalancha hacia la puerta de salida. Tal fue la fuerza que el profesorado no puedo contenerla y como una manada de elefantes furiosos salimos en estampida hacia la calle a recoger nuestro botín. Una vez fuera del colegio el tipo de la cabina se desabrochó lentamente su gabardina, y ante la atónita mirada de todos desveló la gran sorpresa que guardaba. Al verla nos quedamos boquiabiertos, máxime cuando la cogió y la mostró sin pudor alguno, de hecho hubo gente que no pudo resistir y volvió a buscar refugio en el colegio. El muy canalla tenía entre sus sucias manos el Álbum Oficial de la Liga de Fútbol Profesional Temporada 85-86, cromos incluidos. Así que como un gran tsunami fuimos hacia el para conseguir el mayor de los tesoros. En décimas de segundo nos abalanzamos y quedó empotrado contra el cristal de la cabina, mientras que cientos de pequeñas manos estiraban de la bolsa donde guardaba los álbumes y los cromos. Al verse atrapado por aquella marea humana y como única opción de supervivencia, lanzó la bolsa al aire para desviar nuestra atención y poder salir del atolladero. Puedo asegurar que consiguió su objetivo, porque cuando la bolsa llegó al suelo se produjo una auténtica pelea callejera. Cuando llegó la policía tuvo que emplearse a fondo para dispersar a las violentas masas, mientras que el pobre repartidor de cromos era atendido por una crisis de ansiedad.

Después de aquella terrible experiencia el repartidor de PANINI solicitó la invalidez permanente por daños psicológicos. Lo último que supe de él es que en vez de regalar álbumes y cromos, cambió de negoció y se dedicó a echar en los cubatas aquel famoso estupefaciente del que tanto hablaban nuestras madres (cosas del altruismo). Nosotros en cambio por aquel salvaje acto vandálico fuimos castigados a coleccionar durante la Temporada 85-86 los cromos de la Abeja Maya y sus amigos.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Juego de niños

¡¡Recreeeoooooooooooooo!!, al escuchar aquellas mágicas palabras salíamos como almas que lleva el diablo para disfrutar de nuestro momento de esparcimiento en aquel limitado patio de luces. A pesar de sus reducidas dimensiones sabíamos sacarle partido. Esas lúdicas jornadas estaban amenizados por las inconfundibles voces femeninas, que saltaban a la comba, pisaban la goma y tocaban las palmas al ritmo de estos incunables que en alguna ocasión hemos entonado:

PLAZA REDONDA

En la plaza redonda, redonda.
Hay una zapatería, donde van las chicas guapas, a tomarse las medidas.
Se levantan la faldita, se les ve la pantorrilla,
y los chicos de vergüenza se han caído de la silla.

“Evidentemente con esta insinuante canción nació nuestra enfermiza obsesión hacia el género femenino, y fundamentalmente en lo que escondían debajo de aquellas faldas plisadas.

LA CALLE 24

En la calle-lle, veinticuatro-tro,
habido-dodo, un asesinato-to,
Una vieja-ja, mató un gato-to,
Con la punta-ta, del zapato-to.
Pobre vieja-ja, pobre gato-to,
Pobre punta-ta, del zapato-to.

“No se mis compañeros pero a mi, que esta historia estaba protagonizada por la directora del colegio”.

SOY CAPITÁN

Soy capitán, soy capitán.
De un barco inglés, de un barco inglés,
y en cada puerto tengo una mujer.

La rubia es, la rubia es,
fenomenal, fenomenal,
y la morena no está nada mal.

Si alguna vez, si alguna vez,
me he de casar, me he de casar,
me casaría con, esa mujer.

“A día de hoy esta canción ha sido prohibida por sexista, según Ley Orgánica 3/2007 de 22 de marzo”.

EL CUARTEL

Al pasar por el cuartel, se me cayó un botón,
y vino el coronel, a pegarme un bofetón.
Que bofetón me dio el cacho de animal,
que estuve siete días sin poderme levantar.

¡¡UNO, DOS, TRES, CUATRO, CINCO, SEIS Y SIETEEEEEEEEEEEEEEE!!

Las niñas bonitas, no van al cuartel,
porque los soldados, les pisan los pies.
Soldado, soldado, no me pises el pie,
porque soy pequeñita, y me puedo caer.

Si ere pequeñita, te voy a regalar,
un vestidito blanco, para ir a pasear.
Cortito de delante, larguito de detrás, con cuatro volantes.
Adiós mi capitán.

“Bastantes hostias nos llevábamos de la directora, como para ir hacer la mili”.

AL PASAR LA BARCA

Al pasar la barca,
me dijo el barquero:
las niñas bonitas
no pagan dinero.

Al volver la barca
me volvió a decir:
las niñas bonitas
no pagan aquí.

Yo no soy bonita
ni lo quiero ser.
Las niñas bonitas
se echan a perder.

Como soy tan fea
yo lo pagaré.
Arriba la barca
de Santa Isabel

“Canción cruel donde la haya en la que deja bien claro a las niñas que como seas fea lo vas a tener muy difícil en la vida”.

SANCHO PANZA

El verdugo Sancho Panza-za-za,
ha matado a su mujer-er-er.
Porque no tenía dinero-ero-ero
para irse, para irse,
al café-fe-fe

En el café había una vía-ia-ia,
por la vía pasa el tren-en-en
Y un lorito va diciendo-endo-endo
¡Viva Sancho, Viva España, Viva El Rey!

“Sobran los comentarios”

MAYSEFOYUTI

Maysefoyuti
tu eres chancla
Por eso yuti
Maysefoyu

La sinagoga
domenico la chacha
Por eso yuti
Maysefoyu

"Agradecería que si alguien conoce realmente la letra me lo diga, porque esta es una de las mayores dudas existenciales que me persiguen desde mi infancia".

Ajenos a estos cantos de sirena y viendo que bajo la atenta vigilancia del profesorado no podíamos levantar la falda a nuestras compañeras, nos dedicábamos a otros menesteres para aplacar nuestros prematuros pensamientos impuros y demostrar quién mandaba en el patio, si los integrantes del Grupo A que era el mío o los del Grupo B. Como es de imaginar cualquier práctica que realizábamos acababa en una cruenta batalla campal, con algún que otro castigado. Las prácticas más utilizadas eran las siguientes:

¡¡LA LLEVAS!!

Para elegir quien pagaba se utilizaban los clásicos métodos de sobra conocidos, pares/nones o en su defecto el oro/plata. El elegido tenía la peste y su función era contagiarla lo más rápido posible. Una vez pillabas a alguien le decías ¡LA LLEVAS!, y automáticamente quedabas curado y así sucesivamente. Al final era tal el follón que se montaba que no sabías quién era el apestado.

EL ESCONDITE

Aunque el patio era pequeño daba para esconderse, quien palmaba debía buscar a la gente por todos los rincones posibles. Una vez localizados acudías “a mare” y decías: ¡Por José, que está escondido detrás de los cubos!. Si conseguías encontrar a todos pagaba el primer localizado, pero había una posibilidad para volver a pagar. Si el último del grupo conseguía llegar “a mare” sin que lo pillaran salvaba a todos, pero para que fuera efectivo tenía que decir: ¡Por mí, por todos mis compañeros y por mi primero! , ante los gritos de alegría de la concurrencia.

FÚTBOL PLATA

Su mecanismo era igual al fútbol calle, es decir todo vale, pero con una ligera diferencia, el esférico a patear se fabricaba a base de unir todo el papel de plata de nuestros almuerzos hasta formar una especie de balón, el cual quedaba aplastado a los pocos minutos. A partir de ese momento el objetivo a patear eran las espinillas de tus contrincantes.

¡¡CHURRO VA!!

Este era el juego por excelencia, ¿quién no recuerda aquella mítica frase?. “Churro, media manga o mangotero, adivina lo que tengo en el mortero”. Aunque su funcionamiento parezca simple requería de una gran estrategia porque el orden de salto era fundamental para intentar derribar la fila formada por el equipo contrario. Nosotros disponíamos de tres pesos pesados que hacían de las espaldas del contrincante un verdadero infierno, aunque cuando les tocaba pagar a los del B, también utilizaban su armamento pesado. Cuando a los de mi clase nos tocaba pagar, yo era el elegido para hacer de almohadilla, ya que debido a mi corta estatura y mi peso de mosquito la cadena quedaba endeble y descompensada. Pero mi función era de gran responsabilidad porque debía controlar que los saltos fueran los más limpios posibles y no se utilizaran objetos contundes. Cuando uno de los grupos derribaba la fila, el otro como castigo se lanzaba al “montonet”, para repartir toda la leña posible.

Y así, con estos juegos y canciones disfrutábamos de nuestros almuerzos en el Corbi, donde nuestra única preocupación era no agujerear los pantalones, para evitar pasar el resto del curso con aquellas incomodas rodilleras.

Una palabra

Una palabra no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo,
igual que el viento esconde el agua
como las flores que esconden lodo.

Una mirada no dice nada
y al mismo tiempo lo dice todo,
como la lluvia sobre tu cara
o el viejo mapa de algún tesoro.
Como la lluvia sobre tu cara
o el viejo mapa de algún tesoro.

Una verdad no dice nada
y al mismo tiempo lo esconde todo,
como una hoguera que no se apaga
como una piedra que nace polvo.

Si un día me faltas no seré nada
y al mismo tiempo lo seré todo,
porque en tus ojos están mis alas
y está la orilla donde me ahogo.
Porque en tus ojos están mis alas
y está la orilla donde me ahogo.

Carlos Varela

jueves, 28 de enero de 2010

La letra con sangre entra

El LICEO, fue la escuela filosófica creada por Aristóteles en el año 336 a.c. Recibió este nombre por estar situada al lado del templo dedicado a Apolo Licio. La escuela poseía un jardín por el que, según la tradición, el maestro paseaba con sus discípulos. En griego peripatêín significa pasear, por ello a los seguidores de Aristóteles también se les llamó peripatéticos, y a la escuela Peripatos. Las clases que se impartían podían tener el carácter de lecciones, discusiones o comentario de obras. Aparte del ámbito cultural y pedagógico, también se hallaban reguladas otras actividades en común, como los banquetes mensuales y las fiestas para el culto.

Gran parte de la aristocracia del barrio incluida mi familia, cursó sus estudios obligatorios en el Liceo, pero no el de Aristóteles, sino el Corbi. La manera de reconocernos era evidente ya que la condición indispensable para formar parte de este elitista grupo era vestir con uniforme. Se componía de: calcetines rojos, pantalón gris, camisa blanca y suéter de pico rojo con dos franjas grises en la manga derecha, como colofón durante las horas lectivas tenías que ponerte un babero de cuadritos azules y blancos con las iniciales de tu nombre bordadas en el pecho. Como es de imaginar, a la salida del colegio toda la mala gente del barrio nos esperaba para darnos de hostias por vestir con tan ridículo atuendo.

Era el típico colegio de planta baja, el lugar destinado para nuestro diario recreo era el patio de luces del edificio cuyo bajo ocupábamos, de hecho, era tan sumamente pequeño que teníamos que salir por turnos a comernos el bocata, porque si salíamos a la vez corrías grave peligro de morir por avalancha. Al igual que sus instalaciones, su enseñanza era rancia y recordaba a la que se impartía en tiempos pasados, donde los castigos, capones y cachetes estaban a la orden del día, era una enseñanza tradicionalista y de costumbres. Recuerdo que cuando la directora cumplía años todos los alumnos con la inestimable ayuda de los profesores le preparábamos una fiesta, regalos incluidos. Sentada en una silla como una auténtica reinona, uno a uno pasábamos frente a ella para darle nuestras más sinceras felicidades. Como no podría ser de otra manera l@s más pelotas de cada clase preparaban un playback con la canción de moda del momento, y los que rozaban el límite del repelentismo le dedicaban una poesía ensalzando sus virtudes. Supongo que como eran los protegidos de la querida directora, no habían probado en sus carnes los capones y levantamientos de patilla que dispensaba a los más revoltosos del colegio.

Este era el único día del año en el que salía de sus aposentos, porque lo que más le gustaba era estar en su despacho donde controlaba de manera férrea los movimientos de profesores y alumnos. La manera que tenía para comunicarse con el mundo exterior era a través de un interfono, así que en cada clase había uno instalado. Todos los días antes de la hora del almuerzo escuchábamos por aquel maldito aparato su frase preferida: ¡¡MATERIAL Y A PAGAR!! , es decir, los cuadernillos Rubio, cartillas de lectura, libros de texto y demás material escolar, era de obligado cumplimento comprarlo en el colegio. Al ser concertado, todos los meses había que pagar un pequeña mensualidad, para se más exactos 480 pesetas. Lo recuerdo porque todos los meses mi padre me preparaba un talón para entregárselo a la directora a cambio de un recibo. Esta amable señora sólo permitía los pagos al contado o por talón bancario, y pobre de ti como te retrasaras en el pago, porque hacía de tu vida un verdadero infierno hasta que tus padres liquidaran la deuda. Cuando escuchabas tu nombre por el interfono, era síntoma inequívoco de que se repartían hostias y tú tenías todas las papeletas. Con el corazón a mil y el cagallón llamando a la puerta entrabas a su despacho. Sus muebles de estilo inglés y de maderas nobles daban una imagen de sobriedad que todavía hacían aumentar tu miedo, si a eso le sumamos el crucifijo, y la foto de Sus Majestades los Reyes de España el panorama rozaba lo dantesco. Para darle más pánico a la situación siempre se dirigía a ti, hablándote de usted y por el apellido. Entonces llegaba el momento de la verdad, si te invitaba a sentarte estabas salvado, porque lo único que quería era recordarte que tus padres se pusieran al corriente de los pagos. Pero como te ordenara ponerte a su lado estabas jodido, porque aparte del premio gordo te llevabas las dos aproximaciones, y volvías a clase con las orejas haciendo palmas.

Otro de los terribles momentos en los que tenías que visitar aquel temido despacho era cuando pasabas de cartilla. Una vez que la profesora te veía preparado para aumentar tu nivel de lectura te mandaba a que la directora confirmara la decisión. Al llegar cogía la cartilla y elegía un capitulo al azar para que lo leyeras. Con voz temblorosa comenzabas a reproducir el texto bajo atenta su atenta mirada, cuando los nervios te traicionaban y te quedas enganchado en alguna palabra, te propinaba un ligero cachete que hacia que el resto del texto lo leyeras de carrerilla. Una vez superada la prueba, sacaba un pequeño estuche donde guardaba las medallas al mérito escolar, cuyo tamaño variaba en función del logro conseguido. El ritual era siempre el mismo, firmaba la cartilla para certificar que habías superado la prueba, te colocaba en el pecho la medalla que debías llevar durante toda la semana, y como agradecimiento debías propinarle un par de besos. Acto seguido volvías a clase para mostrar a tus compañeros la merecida medalla, mientras que ellos te dedicaban una cerrada ovación. Aparte del sistema de las medallas al mérito escolar, teníamos en sistema de puntos. Eran unos cartoncitos de 1, 5, 10, 20 y 50 puntos, con los que los profesores te premiaban si tenías buen comportamiento, realizabas bien las tareas, etc. Hasta 2º de EGB estos puntos se cambiaban por pequeños premios y en 3º y 4º por positivos en el boletín de notas.

Bajo este estricto sistema pasé mis primeros cinco años de estudiante, en los que me lleve unos cuantos pescozones, alguna que otra medalla, sumé los suficientes puntos como para llevarme a casa en dos ocasiones a la tortuga que teníamos como mascota y un buen puñado de positivos. En aquel colegio aprendimos que “La letra con sangre entra”, puede ser que el sistema no fuera muy ortodoxo pero a nosotros nos funcionó.

Con este post da comienzo un nuevo apartado al que he bautizado con el nombre de: “El pupitre de atrás” en el que voy a relatar mis aventuras y desventuras en el difícil mundo de la extinta EGB.

miércoles, 20 de enero de 2010

Adivina, adivinanza

¿Quién no ha jugado alguna vez a las adivinanzas?, supongo que la mayoría de nosotros. Recuerdo que durante mis primeros pasos en eso que llamaban EGB, había un día que reservábamos especialmente para jugar a las adivinanzas. Eso sí, siempre y cuando durante la semana nos hubiéramos portado bien. La verdad es que era muy divertido, porque aparte de ganar una chuchería si la acertaba, aprendía un montón de acertijos que luego utilizaba para entretenerme junto a mis hermanas. Sus rimas eran de lo más tontas, pero por aquel entonces parecían auténticos jeroglíficos. Todos recordamos la clásica adivinanza de la navaja, del chocolate, del plátano, etc. Para rememorar aquellos maravillosos años os planteo la siguiente adivinanza:

Aunque pequeñito y juguetón,
te hará disfrutar un montón.
Aunque de plástico sea,
soportará cualquier odisea.
Con sus 7,5 cm de extensión,
llegarás a la extenuación.


¿Qué es…………………?

Pese a que vuestras mentes corruptas y calenturientas hayan pensado en juguete sexual me estaba refiriendo al único, genuino, incomparable e inconfundible “Click de Famobil” bautizado así por Famosa cuando consiguió la patente para fabricar estos simpáticos muñecos ideados por Hans Beck, actualmente se fabrican en Alemania bajo su nombre original, PLAYMOBIL. Esta graciosa figura tiene 7,5 cm de altura, está hecha de un colorido plástico y una sonrisa permanente dibuja su cara. Vieron la luz por primera vez en 1974 y desde entonces más de 2 billones de estos divertidos muñecos forman parte de las habitaciones de los niños en los cinco continentes. Al principio solo existían hombres en el mundo de PLAYMOBIL, pero hartos de compartir sus vidas entre tanto maromo, organizaron una caravana de mujeres (Clack llamadas en España) y dos años después se unieron matrimonio. En 1981 las felices parejas tuvieron descendencia y trajeron al mundo a unas pequeñas figuras de 5,5 cm, seguidas por los benjamines de la casa con 3,5 cm para completar la bienaventurada familia.

Si tuviéramos que elegir el juguete que ha marcado nuestra infancia, ganarían por mayoría los Clicks, porque gracias a ellos hemos conocido antiguas civilizaciones, navegado por mares y océanos buscando antiguos tesoros sumergidos en el fondo de la bañera, visitado el continente africano para ver de cerca a los animales de la selva en peligrosos safaris. También hemos librado arduas batallas en torneos medievales por el amor de una princesa, sin olvidarnos de las clásicas peleas entre los indios y el séptimo de caballería. Muchos de los policías, bomberos y médicos que hoy en día velan por nuestra integridad, descubrieron su vocación mientras jugaban con estos entrañables muñecos a los que no les falta detalle. Estas pequeñas miniaturas de plástico que hacen las delicias de pequeños y mayores, se han ganado un puesto de honor y deberían ser considerados por los historiadores como la CIVILIZACIÓN PLAYMOBIL. Aunque a día de hoy las videoconsolas son el producto estrella, todavía queda un hueco en las estanterías para estas personillas que vienen empaquetas en su característica caja azul.

Son tantas las historias que he vivido con mis clicks, que necesitaría otro blog para poder contarlas, espero que mientras leéis este post recordéis alguna aventura vivida con los vuestros. Antes de concluir deciros que aunque parezca mentira prefería mil veces ser policía, que navegar en el barco pirata.

Dedicado a Beatriz y Sergio auténticos clickadictos, y a Marchi por haber inculcado a sus hijos la cultura PLAYMOBIL.

martes, 19 de enero de 2010

Leche, cacao, avellanas y azúcar….

Estos son los ingredientes que han endulzado mis tardes durante gran parte de mi infancia. Aparte de terminar mezclados junto a mis jugos gástricos, decoraban las páginas de mis cuadernillos Rubio, donde con más pena que gloria aprendía el arte de la escritura inclinada. Zamparse un buen bocata de NOCILLA era de obligado cumplimento allá por los ochenta, porque además de hacer las delicias de los pequeños de la casa, su envase servía a las madres para completar la vajilla. ¿Quién no ha bebido alguna vez con el clásico vaso de NOCILLA?, supongo que cualquier persona de bien, de hecho cuando voy a comer a casa de mis padres todavía pululan aquellos vasos que tantas tardes de gloria me dieron.

Para los paladares más golosos existían dos versiones alternativas: una era la NOCILLA de dos colores, de hecho si no me falla la memoria creo que hasta había una de fresa. Pero como auténtico purista, fiel consumidor de ésta crema de cacao, jamás permití que mi madre comprara este esperpento alimenticio. La otra era una versión casera que habitualmente preparaban las abuelas cuando acudías a visitarlas, se componía de leche condensada, con una cucharada de Cola-Cao/Nesquik. Esta empalagosa mezcla hacía que el Ratoncito Pérez hiciera horas extra, porque ante tal cantidad de azúcar, tus rapaces dientes no eran capaces de sobrevivir. La forma de degustar este magnífico invento del siglo XX era múltiple y variada, podías comerla directamente del bote introduciendo el dedo, o saboreándola en espectaculares tartas de cumpleaños, mezclando este prodigioso manjar, junto a un milhojas de Galletas Rio mojadas en café, con una suave, cremosa y refrescante lámina de flan de vainilla. Pero como realmente me gustaba tomarla era de la siguiente manera: entre dos galletas María Dorada Marbú (este producto es imprescindible porque sin él perdía todo su sabor), se aplicaba una generosa capa de NOCILLA, se introducía en el congelador, y pasada una hora cuando había solidificado, la degustaba lentamente para percibir con detalle como esa explosión de sabores estallaba en mi boca.

Recetas aparte, esta maravillosa exquisitez era sinónimo de interminables sesiones televisión y de juegos callejeros, donde mi única preocupación era que mi madre comprara el tambor de LUZIL con el que regalaban chapas metálicas con las fotos de los ciclistas del momento, para correr la Vuelta Ciclista a España sin moverse del barrio. Junto a mi inseparable bocadillo me pasaba horas decorando y afilando la punta de mi peonza, para combatir en aquellas luchas encarnizadas en las que a base de golpes y empujones sacabas del círculo de tiza al resto de peonzas enemigas, o apostando canicas en polvorientas timbas, que dejaban mis rodillas hechas trizas. En alguna ocasión y debido a mi pequeña mente de pandillero juvenil, la utilicé junto a mis amigos con fines maléficos. Recuerdo que la persona encargada de velar por la seguridad y el mantenimiento del edificio donde pasábamos las vacaciones era el Sr. Rafael. En teoría estas eran sus funciones, aunque en la práctica se pasaba todo el santo día sentado en el zaguán, sobre una confortable mecedera, apurando al máximo sus cigarrillos Celtas, leyendo revistas del corazón y refunfuñando constantemente sobre lo duro que era su trabajo.

Un día nos comentó que la tarde la iba a dedicar a repasar con pintura el cerco que quedaba alrededor del pulsador de la luz. No se muy bien porque razón le boicoteamos, la cuestión es que lo hicimos. Nuestras madres ajenas al acto vandálico que íbamos a cometer nos prepararon un buen bocata con extra de NOCILLA. Esperamos agazapados dándonos dos pisos de ventaja a que el Sr. Rafael comenzara su trabajo. Todo transcurría con normalidad hasta que llegó al tercer piso, de pronto su voz quebrada debido a la cantidad de nicotina consumida a lo largo de su vida, se escuchó por todo el rellano cagándose en DIOS. Desafortunadamente para él, en cada piso que coronaba se encontraba las paredes llenas de la genuina crema de cacao. Cuando llegamos al onceavo y con los ojos llenos de lágrimas debido a nuestras carcajadas, cogimos el ascensor y bajamos a la calle como si la cosa no fuera con nosotros. Aunque jamás pudieron inculparnos por falta de pruebas, nuestras madres sabían a ciencia cierta que sus vástagos habían sido los artificies, así que como toda acción tiene su consecuencia, estuve durante un largo tiempo merendando bocadillos de mortadela con los bordes resecos.

Los años han pasando y la NUTELLA le está ganando la partida a nuestra querida NOCILLA, supongo que será por culpa de la globalización, pero pienso que el motivo principal es que todos los que nacimos durante el famoso “baby boom” de los setenta, hemos superado la treintena, somos víctimas de una alopecia incipiente y la goma de nuestras delgadas cinturas empieza a ceder de una manera preocupante, razón de más para moderar el consumo de este producto patrio. Así que desde este blog hago un llamamiento para que dejemos a un lado esos pelos y kilos de más, a ver si entre todos conseguimos que la NOCILLA vuelva a recuperar el lugar que se merece.

Ahora, cuando me preparo un bocata de esta mágica mezcla me pregunto: ¿dónde fue mi niñez?, supongo que se quedó entre aquellas paredes que el sufrido Sr. Rafael estuvo pintando durante el resto del verano y en los vasos que todavía mi madre guarda en sus armarios.

jueves, 14 de enero de 2010

Mercenarios

“En 1972, un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del ejército americano, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizás pueda contratarlos”.

Así comenzaba el Equipo A, serie ochentera por excelencia que tiene el enorme privilegio de ocupar un lugar de honor en el Olimpo de los clásicos. Cada tarde disfrutábamos de sus aventuras por uno de los dos canales de los que disponíamos por aquel entonces. Esta mítica serie con la misma caspa que las películas de Serie B tuvo gran éxito entre la juventud de la época. Sus capítulos eran siempre igual: familia de la América profunda con hija buenorra se encuentra sometida a las continuas putadas del terrateniente del pueblo, contratan al Equipo A para que resuelva el conflicto. Con los escasos medios de los que disponen se enfrentan al poderoso enemigo haciéndole morder el polvo, después de repartir de lo lindo, explosionar varios coches y quemar unos cuantos kilos de pólvora, salían victoriosos, pero lo mejor de todo es que nunca se derramaba una gota de sangre.

En el barrio, aunque pensándolo bien en cualquier lugar del planeta nos juntábamos para emular a nuestros mercenarios preferidos, y aquí es donde llegaba el verdadero conflicto, porque como es de imaginar habían dos personajes por los que la gente se daba de hostias por conseguir el papel, y cuando digo hostias me quedo corto, porque las mayores peleas callejeras que he visto en mi vida han sido por interpretar al Coronel John Hannibal Smith, jefe del comando y un verdadero profesional en el arte de adquirir diferentes personalidades gracias a sus múltiples disfraces, y al Teniente Templeton Peck más conocido como Fénix en los ambientes. El motivo por el que la gente estaba dispuesta a matar por imitar a su personaje es que pillaba cacho en todos los capítulos, aunque no me extraña, porque se gastaba un pedazo Corvette por el que todas las féminas de pelo cardado y pantalón sobaquero suspiraban.

Debido a mi peso y estatura tenía todas las perder en este tipo de contiendas, así que no me quedaba más remedio que interpretar al Capitán H.M. Murdock y por extensión el zumbado del grupo, al que siempre tenían que sacar de alguna clínica porque se dedicaba a hablar con sus calcetines. Para terminar el elenco falta el Sargento M.A Baracus, un negrata de dos por dos con más colorado que toda la estirpe de los Montoya, Heredia, Cortes y Vargas juntos, que repartía hostias como panes. El único inconveniente de este grandullón es que tenía pánico a volar, lo que originaba que cada vez que lo tenían que hacer había que aplicarle un potente somnífero.

Gracias a la perspicacia aprendida en sus capítulos o más bien a nuestra falta de medios, nos las ingeniábamos para fabricar el armamento necesario para jugar por los descampados y calles del barrio. Las armas utilizadas eran el tirachinas fabricado con el cuello de una botella y un globo. La munición a utilizar era de lo más variada pero en nuestro caso y para evitar males mayores usábamos unas pequeñas bolas que crecían en los árboles de un parque cercano y que cuando impactaban en tu cuerpo te proporcionaban un escozor nada agradable. Como por aquel entonces en mi casa no era frecuente comprar agua embotellada, el envase que utilizaba para fabricar el tirachinas, era el de las botellas de leche Cervera. Otra de las armas por excelencia era una que se fabricaba con pinzas, su montaje era simple y su efectividad letal. Para fabricarlo necesitabas: una pequeña tabla de madera, dos clavos y una pinza. Como munición se utilizaba la parte metálica de una pinza sujeta por una goma elástica.

Quienes hayan combatido en estas peligrosas lides sabrán de lo que hablo, pero por si acaso adjunto croquis para que entendáis su funcionamiento:

Como se puede observar este es el modelo básico pero ante mis ojos han pasado verdaderas obras maestras, ya que conforme más grande era la tabla, mayor era el número de pinzas preparadas para disparar los peligrosos proyectiles. Durante aquella época las carpinterías y los tendederos maternos eran literalmente saqueados, hasta el punto que se produjo una gran crisis en el sector maderero debido al uso indiscriminado de esta noble materia prima. En un principio su fabricación estaba única y exclusivamente orientada para la caza de lagartijas y tiro al blanco, pero al final se convirtió en una lucha encarnizada entre los chavales del barrio cuya finalidad era la de conseguir el mayor número de munición posible en detrimento del enemigo.

Y así, con este simple entretenimiento pasábamos tardes enteras jugando a ser aquellos cuatro mercenarios que luchaban por un mundo más justo, eso sí, a base de hostias.

¡¡ Me encanta que los planes salgan bien!!


lunes, 11 de enero de 2010

Why can't we be friends?

Los lunes por antonomasia se han convertido en el peor día de la semana, si a esto le añadimos la crisis, los esperados brotes verdes, la operación de cirugía estética, que no mental Belén Esteban y el careto de Manu Sánchez presentador de la sección de deportes de Antena 3 por el liderazgo del Barça, se nos presenta un panorama nada halagador. Aparte, como todo es proclive a emporar, el frío polar que nos acompaña está dejando mi osamenta más entumecida que si hubiera pasado la noche en la cámara frigorífica del depósito de cadáveres (etiqueta incluida en el dedo gordo del pie).

Pero sorprendentemente he recibido un emotivo e-mail que ha conseguido que entre en calor de manera instantánea, pero este sensiblero mensaje más propio de la típica serie americana de estudiantes en plena adolescencia, pierde un poco de encanto con el uso de las nuevas tecnologías, porque esas bonitas palabras con las que nos ha obsequiado nuestro “amigo invisible” se quedan vacías, y no porque no las haya acompañado con esas edulcoradas imágenes en Powerpoint como bien dice, sino porque si retrocedemos hasta el año 1996 donde el envío de correos electrónicos era impensable, el único formato donde podías demostrar los sentimientos a tus seres queridos era acudir a uno de los mejores programas que se han emitido en televisión. ¿Os acordáis de esta letra? :


“Si el amor llama a tu puerta... ábrela no te lo pienses más... sentirás ilusión, una nueva emoción... te hará soñar... Lo que necesitas es amor... Todo el mundo necesita amor ….. Lo que necesitas es amor....... oh…oh…oh….. Sólo amor.”

¡¡Que recuerdos!! , ¡¡Que momentos inolvidables!! , en los que millones de españoles seguíamos atentos los infortunios y alegrías de aquellos personajes que moraban por el plató. Para participar sólo tenías que llamar al desaparecido Jesús Puente, contarle tu historia, y como un auténtico celestino se subía a su famosa caravana para entregar en mano el mensaje (formato vídeo) a su destinatario. Para participar en el programa era imprescindible vestir camisa de seda abrochada hasta el cuello, preferentemente en color negro, o en su defecto blanca con estrafalarios bordados, igual que las que visten los músicos de las orquestas que cada verano visitan los pueblos para deleitarnos con su ritmo pachanguero. Evidentemente iban acompañadas por pantalón de pinzas bombacho o vaquero nevado, y como remate final mocasín negro/gris con el auténtico calcetín deportivo para dar un toque escayolado a los tobillos. Respecto a la estética capilar habían dos cortes de pelo por excelencia: pelo rizadito tipo cascada o cortado a cepillo con las patillas al ras y con una pequeña y sedosa melenita lisa hasta la nuca.

Cuando remitente y destinatario se reunían en el afamado programa, se abrazaban jurando amor eterno, mientras que una voz en off decía: “Lo que necesitas, lo que necesitas, lo que necesitas, es amoorrrrrrrrrrrrrrrrrrr” y ahí terminaba la historia, en la que todos y cada uno de los participantes de esta comedia romántica de barrio, se enjugaban las lágrimas entre los calurosos aplausos de los asistentes.

Pero volviendo al presente prefiero mil veces recibir un e-mail con esas entrañables palabras, que ver a nuestro “amigo invisible” en esa patética tesitura, y no lo digo por el contenido del mensaje, sino por verlo vestido de esa guisa.

Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y para añadir algo de azúcar al asunto me gustaría decirle a nuestro reviscolado “amigo invisible” que hay veces que estamos tan ofuscados que el árbol no nos deja ver el bosque, pero con sólo andar un paso podemos verlo en todo su esplendor.

¡¡Cago en tó!! , con esto de mi futura paternidad me estoy convirtiendo en el Abuelo Cebolleta.

viernes, 8 de enero de 2010

Soñar contigo

Déjame esta noche.......... soñar contigo,
déjame imaginarme en tus labios los míos,
déjame que me crea que te vuelvo loca,
déjame que yo sea quién te quite la ropa,
déjame que mis manos rocen las tuyas,
déjame que te tome por la cintura,
déjame que te espere aunque no vuelvas,
déjame que te deje, tenerme pena.

Si algún día diera con la manera de hacerte mía,
siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día,
qué bonito sería jugarse la vida, probar tu veneno,
que bonito sería arrojar al suelo la copa vacía.

Déjame presumir de tí un poquito.
Que mi piel sea el forro de tu vestido.
Déjame que te coma solo con los ojos.
Con lo que me provocas yo me conformo.

Si algún día diera con la manera de hacerte mía,
Siempre yo te amaría como si fuera siempre ese día,
Que bonito sería jugarse la vida probar tu veneno,
Que bonito sería arrojar al suelo la copa vacía.

Déjame esta noche.......... soñar contigo

Zenet (Los mares de China)

jueves, 7 de enero de 2010

Los Peregrinos

Son un grupo de creyentes que viajan hacia un lugar sagrado para redimir sus pecados y conseguir la absolución. Este año que comienza es conocido por los católicos como el Año Xacobeo, donde miles de peregrinos visitan la Catedral de Santiago para venerar al santo y conseguir así la indulgencia plenaria de sus pecados. Otro ejemplo es El Hajj, donde los fieles musulmanes acuden a La Meca en Arabia Saudí, para purgar sus faltas y realizar la Lapidación del Diablo.

Pero dejando a un lado las connotaciones religiosas conozco un lugar de peregrinación donde miles de personas se reúnen cada año desde tiempos inmemoriales, en el cual en vez de conseguir la indulgencia y el perdón de sus pecados los fomentan hasta límites insospechados. Los habitantes y peregrinos ocasionales de este insólito paraje tienen el enorme privilegio de ser testigos de un acontecimiento único, imposible de ver en ningún otro lugar, ya que en este pequeño pueblo de pescadores se pueden contemplar bucólicos amaneceres sobre las aguas del Mediterráneo y el espectáculo de presenciar unos atardeceres con el sol rojizo reflejándose en las dulces aguas de sus arrozales.

Siguiendo la tradición, sus fieles se congregan cada verano para rendir culto y venerar la imagen de su patrón, conocido por San Vicente de los Recreativos, abogado de las almas viciosas y disolutas, que cada año acuden a su templo para alimentar sus pecaminosas entrañas. Fundado en el año 1976 tiene la característica fundamental que su botafumeiro, desprende una particular mezcla de aromas a cocido, humo de tabaco, y las inconfundibles fragancias venidas desde Marruecos.

Al igual que otras confesiones religiosas existen unos sacramentos que sus adeptos deben de seguir al pie de la letra. En primer lugar está el Bautismo, el cual se produce cuando cruzas el umbral del santuario a comprar unas chucherías, y te dedicas a sentarte en la mesa de billar a ver como otros fieles manejan con sus pecadoras manos los joystick de las máquinas recreativas. En ésta etapa aprendes los conocimientos básicos de tu futura vida viciosa, ejemplo de ello es cuando por motivos técnicos la energía deja de alimentar a las diabólicas máquinas, y acudes raudo y veloz a apoderarte de unos de sus mandos para conseguir una partida gratis, tal es el nivel de aprendizaje que hay fieles que se agarran a los mangos del futbolín para conseguir esa ansiada partida.

Superada esta etapa viene la Comunión, en la que cambias las infantiles golosinas por cigarrillos comprados a granel. En esta etapa la economía no permite muchos lujos y tu corto capital lo inviertes en sesiones vespertinas a tus juegos favoritos, financiados con la paga semanal y la sisa a la cartera de tu madre cuando te envía a comprar el pan. El paso definitivo se produce con la Confirmación, en la que dejas de utilizar las máquinas, para invertir el patrimonio en mezclar los cigarrillos con unas rocas venidas más allá del Estrecho. El lugar para realizar esta ilícita liturgia es “El Ruedo”, donde los fieles se reúnen para compartir las propiedades de esta particular mezcla.

Durante los dos meses que dura la peregrinación existen dos citas ineludibles, una es la procesión que se realiza en bicicleta hasta la Montañeta dels Sants, para terminar bañándote en el lago que la rodea. La tradición dice que a la vuelta, uno o varios integrantes de la expedición pincharan alguna de las ruedas de su bicicleta y deberán realizar el camino de retorno andando. La segunda cita se celebra el 16 de julio, donde todos los feligreses se reúnen en la playa alrededor de una hoguera, para limpiar sus libertinas almas a base de una mezcla de alcohol y de unas curiosas letras llegadas desde Arabía.

Como en cualquier pueblo costero que se precie los devotos acuden al malecón, donde realizan diferentes actividades lúdicas bañadas con zumo de cebada. Entre ellas cabe destacar el salto en cama elástica, malabarismos con diábolos, escalada a la pirámide playera, partidas múltiples de ajedrez y sesiones de libre divagación, todo ello acompañado por auténticas Jam Session en la que los maestros de las cuatro y seis cuerdas tocan sus temas para deleitar a la concurrencia.

Con la llegada del fin de semana los miles de adeptos acuden a otro de sus santuarios por excelencia donde se encomiendan a San Rafael de la Cala, quién tiene la virtuosa facultad de permitir el acceso al paraíso terrenal. Son muchos los que lo intentan con múltiples trucos y artimañas, pero sólo unos pocos son los elegidos para entrar en este paradisiaco lugar, donde las amazonas tienen libre acceso. Como fin el de fiesta a estas interminables noches, todos y cada uno de los fieles acuden al Horno San Pascual para llenar sus alcohólicos estómagos y comentar entre balbuceos el resumen de la velada.

Los domingos día de reflexión y recogimiento, los adeptos acuden a media tarde a la playa para disfrutar de un relajante baño, y tomar unos pocos rayos de sol para disimular las marcas que sus vidas de crápulas dejan en su piel.

Con la llegada del mes de septiembre terminan las celebraciones en honor de San Vicente de los Recreativos, los fieles toman caminos diferentes con el deseo de reunirse y repetir la experiencia el próximo verano. Pero a diferencia de otras religiones, ésta efeméride tiene fecha de caducidad para sus feligreses, porque una vez alcanzas la tercera década contando desde el año de tu nacimiento, debes abandonar la peregrinación para dar paso a las nuevas generaciones. Llegado este momento sólo podrás reunirte en bodas, bautizos, comuniones y fiestas de guardar.

Dedicado a Los Libori@s y en especial a los Puche-Pelayo.

martes, 5 de enero de 2010

Queridos Reyes Magos:

Ha pasado un cuarto de siglo desde que les envié mi última carta, y después de mucho reflexionar he llegado a la conclusión de que la única razón por la que no han tenido noticias mías desde aquella misiva, es que la ilusión que envuelve a la mágica noche de reyes se ha ido perdiendo con el tiempo hasta el punto de dudar de la enigmática y misteriosa existencia de sus majestades. Pero he de comunicarles que este año al recibir la noticia de mi futura paternidad he comprendido el verdadero significado de esta tradición que perdura desde tiempos inmemoriales.

Hasta la fecha esta noche la había vivido con la visión de un niño, y como es de suponer embargado por la emoción sólo tenía ojos para los regalos que recibía. Pero haciendo un ejercicio de memoria puedo recordar la expresión de satisfacción de mis padres, cuando con las manos temblorosas y con un gesto entre el asombro y el desconcierto me dedicaba a desenvolver aquellos mágicos paquetes. Y aquí está el verdadero espíritu de su anual visita, no importa la cantidad de regalos recibidos sino transmitir esa ilusión a tu hijo.

Recuerdo que la víspera al día de su visita acudíamos a ver como recorrían las calles de la ciudad soportando estoicamente el frío y la humedad hasta que pasaban junto a nosotros. Al llegar a casa limpiábamos cuidadosamente nuestros zapatos y los colocábamos en el balcón, junto a tres copitas con coñac, y cazo con agua para sus camellos. Después de cenar nos íbamos directos a la cama con la esperanza de que todos nuestros deseos se vieran cumplidos. Aquella noche costaba conciliar el sueño, mientras esperaba la llegada de Morfeo repasaba mentalmente todas las peticiones que les había enviado a sus majestades. Poco a poco y a fuerza de repetir las líneas de aquella carta caía rendido esperando su llegada.

Por aquel entonces y debido a mi edad no tenía noción del tiempo, pero lo que recuerdo es que mi padre entraba cuidadosamente en la habitación y me decía: “Despierta han llegado los Reyes”, automáticamente mis ojos se abrían como platos, y como un rayo me dirigía por el largo pasillo hasta llegar al comedor, donde mi madre y mis hermanas me esperaban junto a los regalos que sus majestades nos habían concedido. Con la mirada atónita y tiritando de frío debido a los nervios del momento intentaba articular palabra pero como pueden imaginarse era misión imposible. Pero lo que realmente me dejaba asombrado de aquella agitada noche, era ver como las copas de coñac y el cazo de agua estaban vacios, ya que esa era la prueba evidente que sus majestades habían visitado nuestra casa.

Afortunadamente esta experiencia la voy a disfrutar con la misma ilusión con la que años atrás mis padres lo hicieron con nosotros, porque no hay nada mejor que hacer feliz a un hijo.

Sin más me despido de sus majestades de Oriente hasta el año que viene.

Feliz Noche de Reyes

jueves, 17 de diciembre de 2009

Navidades..... ¿blancas?

Diciembre es el mes oficial de las celebraciones, la fraternidad y los reencuentros. A parte de los compromisos familiares están las típicas cenas con la gente del gimnasio, los antiguos compañeros de universidad, los integrantes del equipo de futbol 7, y un largo etcétera de cenas y comidas que hacen que al mes le falten días para tanta celebración. Pero de entre todas ellas hay una que es de obligado cumplimiento, la que organizada la empresa.

Hacía un par de meses que me había incorporado a trabajar en la empresa y faltaba una semana para que se celebrara la cena navideña. Para ser sinceros no me hacía mucha gracia acudir porque vivo a 60 kilómetros de la cuidad y acabo de ser padre de gemelos, vamos que es un verdadero trastorno, pero comprenderéis que en mi situación no tengo alternativa, sino me presentara sería un falta de respeto hacía el jefe. Por otra parte este tipo de eventos es una buena manera de estrechar lazos con los compañeros, y más en mi caso, porque acabo de cumplir los cuarenta y ellos todavía no han llegado al cuarto de siglo, razón por la que nuestra relación se limita al ámbito estrictamente profesional. A pesar de albergar alguna duda, máxime cuando tenía que dejar a mi mujer sola con los dos mochuelos acudí a la cena con la intención de hacer acto de presencia, y una vez terminado el ágape, volver a casa para cumplir con mis obligaciones paternas.

La cena se celebraba en un afamado restaurante del centro, el jefe junto a su esposa, nos esperaban en la puerta y conforme íbamos accediendo al local para tomar asiento no felicitaban las fiestas, estrechándonos las manos, y propinándonos un candoroso abrazo. Además aquella noche estaban especialmente alegres, porque después de seis meses de espera por fin les habían entregado las llaves de su flamante Porsche Cayenne.

Una vez realizado el brindis de honor acompañado por unas breves palabras del jefe, nos sentamos a degustar el menú. Junto a mis compañeros de mesa comenzamos a hablar de trivialidades, pero después de un par de copas de un buen Rioja Reserva del 2001 el clima se fue relajando, y la conversación fue subiendo de tono. Era evidente que a aquellos pipiolos acostumbrados a beber garrafón en cualquier parque o plaza de la ciudad, un buen vino como aquel se les había subido a la cabeza, así que comenzaron a contarme sus batallitas sexuales y sus correrías nocturnas. Con el ánimo de agradar entré en el juego, les conté anécdotas de mis antiguas jaranas y que en mi pueblo me llamaban el “Pichichi”, porque era el que más metía. Poco a poco me fui metiendo a la concurrencia en el bolsillo y lo que empezó con un par de copas de aquel magnífico vino, acabó con cuatro botellas y pidiendo otra a la mesa de al lado.

Después del café, la copa y el puro de rigor tocaba retirada, pero ante la insistencia de mis jóvenes compañeros, incluido mi jefe y señora, decidí acompañarlos a un local cercano donde habían reservado la zona vip para nuestro uso y disfrute. La idea estaba muy clara, tomarme un Gin Tonic para rebajar la cena y marcharme a casa. La verdad es que cada vez me sentía más a gusto e integrado, al cabo del rato y por culpa de la maldita barra libre me había soplado tres lingotazos, así que con gran dolor de corazón decidí que había llegado el momento de marcharme, me puse el abrigo y después de despedirme de mis compañeros entre efusivos abrazados jurándonos amistad eterna, emprendí el camino hacia la salida del local.

De pronto y entre aquella marea de gente nos cruzamos las miradas, su cara me era familiar pero a esas alturas no la podía ubicar. Vestía con un traje negro de raso acompañado de un espectacular escote, no tendría más de veinte años, era rubia, con ojos color esmeralda, labios carnosos, y una nariz perfecta acorde a su belleza natural, su sedosa melena estaba decorada con un gorrito de Papa Noel, no puede evitar la tentación y reverdeciendo mis viejos laureles de pichichi me acerque a ella diciéndole: ¡¡es una pena que me tenga que marchar ya, porque me hubiera gustado tomar una copa contigo!!, a lo que respondió: ¡¡si te vas es porque quieres, nadie te obliga!!. Estuve cavilando unos segundos, mire el reloj y le dije: ¡¡en seguida vuelvo y tomamos una copa!!. No se porque lo hice, posiblemente la mezcla del alcohol y de aquella espléndida belleza había hecho que perdiera el norte. Salí del local y con gran entereza llame a mi mujer diciéndole que la velada se estaba alargando un poco, y que el jefe había prohibido terminantemente que nadie se marchara a casa antes que él. Evidentemente a ella no le hizo ninguna gracia, me recordó que estaba sola con los gemelos y que me esperaban 60 kilómetros hasta regresar a casa, pero finalmente y a regañadientes accedió.

Con mis ojos metidos en su joven y terso escote empezamos a hablar y a beber como descosidos, poco a poco y debido a la tremenda ingesta que llevaba en el cuerpo, mis facultades comenzaron a mermar, la sangre dejó de regar mi cerebro y se empezó a acumular en mis pantalones como una presa a punto de reventar, como vulgarmente se dice: “Estaba más caliente que el cenicero de un bingo”. Como una serpiente bífida y pécora a punto de clavar sus afilados colmillos me acerque a ella, cuando de pronto alguien posó su mano en mi hombro. Como mis movimientos eran lentos me costó reaccionar y cuando conseguí girarme tenía al jefe tras de mí. Sin apartar su mano de mi hombre me dijo: ¡¡Vaya, vaya Sr. Martínez veo que usted ha hecho buenas migas con mi hija!!, en ese momento el mundo cayó sobre mi cabeza, no podía articular palabra, así que decidí dar un trago a mi copa intentado deshacer el nudo que tenía en la garganta, pero cual fue mi desgracia que además del líquido también ingerí el sólido, y sin saber como me trague los dos cubitos de la copa. Mí cara comenzó a ponerse de color púrpura, el jefe me propinó unos fuertes golpes en la espalda hasta que conseguí expulsar los hielos, con tan mala suerte que fueron a parar directamente al canalillo de su espectacular hija. Como buenamente puede intenté disculparme ante aquella violenta situación, cuanto más explicaciones daba, más me hundía en mi propia mierda. Mi jefe me tranquilizó y me dijo que no pasaba nada, amablemente me propuso que me marchara a casa, pero debido a la curda que llevaba y sabiendo que vivía a 60 kilómetros de la ciudad accedió a llevarme.

Estaba completamente avergonzado, durante el camino hacia casa no solté ni palabra reflexionando sobre como una persona puede perder la dignidad y la vergüenza. A falta de cinco kilómetros empecé a sentirme mal, un sudor frío se deslizaba por mi frente, y mi estómago comenzó a funcionar como una lavadora pasada de revoluciones, fueron décimas de segundo pero cuando intenté decirle que parara, ya era demasiado tarde, había decorado su magnífico salpicadero forrado en piel y madera noble con los restos de una noche que ni él ni yo olvidaremos jamás. No recuerdo la expresión de su cara ni lo que me dijo, sólo sé, que hubiera preferido un millón de veces que aquella maldita noche me hubiera calzado a su hija, a ver como su flamante coche quedaba aderezado con los restos de mis alcohólicas entrañas.

Sin mediar palabra me dejó en la entrada del pueblo y despareció, pero mi ruina no había llegado a su fin, al llegar a casa descubrí que las llaves las había dejado en el coche, así que no tuve más remedio que llamar, cuando mi mujer me vio entrar por la puerta me pegó tal hostia que los tropezones que llevaba pegados en mi cara saltaron como muelles y caí inconsciente al suelo. Cuando conseguí despertarme estaba empapado en sudor, eran las 7 de la mañana del día 23 de diciembre, ojalá ésta patética historia hubiese sido una horrible pesadilla.


Nota del autor

Queridos amigos/as:

Si tenéis pensado salir de celebración estas navidades ojito con la bebida. La historia que acabáis de leer es verídica porque yo fui testigo de ella, bueno, para ser sinceros le ocurrió al primo de un amigo, o al hermano de su primo, o ¿fue a una amiga de mi hermana?, no lo recuerdo exactamente, de lo que estoy seguro es de qué alguien me lo contó.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Felices Fiestas

Con la llegada del sorteo de la lotería comenzaban oficialmente las vacaciones navideñas. Mientras los niños de San Idelfonso repartían alegría a unos pocos y salud a la mayoría, nosotros nos dedicábamos a decorar el árbol de navidad, mi madre ajena a todo este jolgorio aprovechaba para realizar acopio de todas las provisiones necesarias para abastecer los estómagos de nuestra extensa familia.

A parte de los dulces y frutos secos típicos de estas entrañables fechas, el producto estrella de nuestra casa para deleitar a los comensales después de las copiosas comidas, eran las “uvas con aguardiente” que mi madre preparaba de manera artesanal. La receta era muy sencilla, pero el secreto de su éxito dependía de que los productos utilizados fueran de la mejor calidad, para ello, el aguardiente lo compraba en las Bodegas Tarrasó, un pequeño comercio familiar que se dedicaba a la venta de aceites y licores, las uvas las compraba en la parada que Quiquet tenían en el mercado de Monteolivete. Una vez adquiridos los productos se introducían en un bote de cristal y se dejaban macerar hasta que las uvas debido a los efectos etílicos del aguardiente adquirían un color negruzco. Aunque era pequeño me las ingeniaba para apropiarme de este rico manjar y disfrutar de su sabor, la mejor manera de comerlo era sorbiendo todo el jugo que desprendía la uva para después masticarla lentamente, dejando una mezcla ardiente y anisada en la boca.

El mayor seguidor de esta pequeña delicatesen era mí tío que como cada año venía de Madrid para pasar las navidades con la familia. Su llegada era una de las mejores noticias, porque a parte de la alegría por verle, mi hermano y yo teníamos asegurada la correspondiente visita al circo y a la feria. Nada más llegar nos llamaba desde casa de mis abuelos y nos decía que pasáramos a recogerle al día siguiente para acudir a nuestra anual cita con la diversión. Todos los años seguíamos la misma pauta, lo primero que hacíamos era visitar la catedral y realizar una ofrenda a la Virgen de los Desamparados, luego aprovechando los puestos callejeros que se montaban en navidad, me obsequiaba con un reloj y a mi hermano con un juguete, después cogíamos un taxi y acudíamos al santo santorum de las fiestas navideñas ¡¡ LA FERIA!!.

La feria de navidad se montaba en el viejo cauce, no se porque razón pero aquel lugar me dejaba completamente hipnotizado, posiblemente fuera por aquella mezcla de olores a algodón de azúcar, castañas asadas, y el inconfundible aroma a la fritanga de embutidos, o por aquel girigay de sonidos y luces que desprendían las tómbolas y atracciones, daba igual las veces que la visitara, pero aquel magnetismo me fascinaba de tal manera que me pasaba la mayor parte del tiempo con la boca abierta.

Una vez recorrido el recinto no dedicábamos a lo que más nos gustaba, echar interminables partidas en las míticas “Carreras de Camellos”, gracias a ellas acabamos convirtiéndonos en auténticos profesionales, de hecho pienso que una de las razones por las que desaparecieron estas atracciones fue, porque cada vez que jugamos nos hacíamos con todos los premios. La mecánica del juego consistía en lo siguiente: como en una pista de atletismo habían diez calles ocupadas por camellos, a cada participante se le asignaba un camello, para hacerlos avanzar disponías de tres bolas que tenías que introducir por unos orificios que en función de su color hacían que tu camello avanzara con mayor rapidez. Los de color rojo lo hacían avanzar cuatro posiciones, los de color azul (tres), los amarillos (dos), y los verdes (una).

El maestro de ceremonias con esa voz que caracteriza a los feriantes daba la salida diciendo: ¡¡Comienza la carrera a ver quién se lo lleva!! , a partir de ese momento comenzabas a lanzar bolas como si fuera tu vida en ello, mientras tanto animaba la carrera diciendo: ¡¡Avanti tuti a tuti jorobich!! ¡¡El seis va en cabeza y el cuatro no se entera!! , pasados unos minutos sonaba una campana que daba por terminada la carrera y el director de la misma decía:¡¡ El siete ganador, el siete vencedor!! , al que le obsequiaba con una botella de cava de dudosa procedencia. Pero ahí no terminaba el asunto, porque los cinco primeros clasificados pasaban a la gran final en la que si conseguías la victoria podías elegir entre los siguientes premios: Muñeca Chochona, Payaso Nicolás o una infinidad de cachivaches que hasta los mismos chinos no se atreverían a vender en sus tiendas. Una vez vaciada la estantería de premios mi tío nos dejaba en casa y nos despedíamos hasta la comida del día de Navidad que se hacía en casa de mis abuelos.

Después del altercado que tuve con Papa Noel cuando le administre aquella tremenda paliza al confundirlo con el hombre del saco, la mañana de navidad no había ningún regalo a los pies del árbol, pero no importaba porque siguiendo la tradición familiar aquel día se reservaba para obsequiarnos con las estrenas.

Con nuestras mejores galas acudíamos a disfrutar del ágape que nuestros abuelos preparaban año tras año y consistía en: Sopa cubierta acompañada por la típica pelota de navidad, de segundo carne mechada, y para postre flan casero con piña y melocotón en almíbar. Cuando entraba en casa mí tío Miguel me esperaba en el comedor, y yo corría a través del pasillo para acabar subido en sus brazos tocando el techo. Durante la comida mi abuelo presidía la mesa, y junto a su inseparable cigarrillo nos contaba las mismas historias de siempre, aunque me las sabía de memoria no me importaba escucharlas porque para él era una gran satisfacción hacernos participes de una parte de su vida.

Una vez terminada la comida acudíamos a casa de mis tíos donde mis primos esperaban ansiosos nuestra llegada para que la abuela nos obsequiara con sus abundantes estrenas. Como mujer de costumbres que era, nos hacía colocarnos en fila empezando por el de menor edad y terminado por el mayor, una vez colocados y como si de una gran matriarca se tratara, nos hacia extender la mano y contar junto a ella aquellos billetes que según decía los guardaba debajo del colchón.

Tras un día agotador y con los bolsillos llenos de pasta sólo quedaba esperar a que la noche de reyes, los magos y sus pajes vinieran con los sacos llenos de regalos, pero esta historia la dejaremos para el año que viene.

¡¡Felices Fiestas a tod@s!!

Dedicado a los presentes y a los ausentes.

jueves, 10 de diciembre de 2009

VI. Adiós muchachos

……... compañeros de mi vida,
barra querida de aquellos tiempos.
Me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi buena muchachada.

Adiós, muchachos. Ya me voy y me resigno...
Contra el destino nadie la talla...
Se terminaron para mí todas las farras,
mi cuerpo enfermo no resiste más...

Al igual que este popular tango, los años fueron pasando y desgraciadamente aquella inseparable tropa se disolvió de misma manera en la que por primera vez nos hicimos amigos, cada uno tomó caminos distintos, pero de lo que estoy seguro es que si volviésemos a encontraros lo primero que recordaríamos sería aquella mañana en la que el enemigo opresor mordió el polvo, llevando de júbilo y alegría las vidas de todos los chavales que alguna vez jugaron en La Placeta.

Aquella destartalada fuente en la que tan buenos momentos pasamos se ha convertido en una gran losa de mármol, tras su jubilación el enemigo opresor traspasó su negocio para convertirlo en una heladería, pero lo que quedara para el resto de los días es un pegote adherido a modo de estalactita que habita en la fachada de la finca, como homenaje a los valientes que un día plantaron cara a la reacción.

¡A las barricadas! ¡A las barricadas
por el triunfo de la Confederación!


FIN

V. Y así nació la leyenda

Los días posteriores al brutal ataque los rumores fueron corriendo por el barrio como la pólvora (nunca mejor dicho), lo que hizo que nuestra particular batalla para defender el derecho a jugar en la calle acabara convirtiéndose en leyenda. Como podréis imaginar la noticia se convirtió en una gran bola de nieve, todo el mundo que habitaba en el barrio e incluso los que no, aseguraban que aquel glorioso día estuvieron presentes y fueron participes del ataque contra el enemigo opresor. Comenzaron a circular diferentes versiones al respecto a cual más increíble, en las que contaban que debido a la explosión uno de los chicos había perdido las manos, otras en las que la bomba de praliné le había estallado en plena cara, también se comentó que la tienda quedó reducida a cenizas y un largo etcétera de bulos y chismorreos alejados completamente de la realidad.

Desgraciadamente estuve bastante tiempo sin pisar la calle, aunque tuve el “privilegio” de encender la mecha, no pude disfrutar del momento en el que el barbudo tirano volvió a su tienda después de almorzar.

Mientras disfrutaba de su particular almuerzo en el bar de enfrente, nosotros detonábamos la carga. Al igual que el resto de la gente que en aquel momento estaba en La Placeta escuchó la tremenda explosión, pero aquel estruendo pasó inadvertido para él, porque como ya he contado aquel lugar era un auténtico polvorín. Una vez terminada su ración de tortilla de patatas y su correspondiente carajillo, recogió a su fiel mascota que le estaba esperando en la puerta, y juntos se dirigieron hacia la tienda. Antes de cruzar la calle observó un gran tumulto alrededor de su negocio, en ese momento un escalofrío recorrió su cuerpo avisándole que nada bueno le espera tras el gentío. Poco a poco fue abriéndose paso entre aquella marea humana hasta que consiguió ponerse en primera fila, cuando la gente se percató de quién era se produjo un silencio sepulcral y todos quedaron expectantes a su reacción.

Como se suele decir en estos casos “se nos fue la mano” , una cosa era detonar los truños en un descampado, y otra bien distinta hacerlo contra la fachada de un edificio. Los 10 gramos de pólvora que contenía el masclet produjeron un efecto devastador, formando un tremendo collage imposible describir con palabras.

Aunque sabía positivamente quienes eran los artífices de tal desperfecto no tenía pruebas para acusarnos, así que con resignación encendió un cigarrillo y junto a su perro entró a la tienda para limpiar los desperfectos. Por primera vez comprendió que nunca puedes subestimar a tu rival, y menos cuando te enfrentas a un grupo de infantes descerebrados dispuestos a todo.

Aquel 18 de marzo de 1986 a las 12:45 pm LA GUERRA HABÍA TERMINADO.

CONTINUARA…………………………………………..

viernes, 4 de diciembre de 2009

IV. Día D (Volando voy)

18 de marzo de 1986 12:00 pm comienza la operación “Kaka de Luxe”

Aquella mañana la gente apuraba las últimas horas antes de que los monumentos falleros se convirtieran en cenizas para dar paso a la primavera, nada hacia presagiar lo que estaba a punto de ocurrir.

Debido a los nervios la noche anterior no pudimos conciliar el sueño, poco a poco fuimos apareciendo todos, y esperamos a que el enemigo opresor saliera de su tienda para almorzar, sin saber que cuando volviera le habríamos obsequiado con un delicioso postre ideal para tomar después del café.

Como la misión entrañaba un gran peligro nadie se presentó voluntario para activar la carga, así que la mejor manera de elegir al mártir era realizando un sorteo a pares y nones, de manera que al final el perdedor de todas las rondas era la persona elegida para detonar la apestosa munición, por suerte o por desgracia el destino reservó para mí tan histórico momento.

Según lo previsto el día anterior el perro de nuestro nuevo amigo vació sus entrañas en el punto acordado, acto seguido y con sumo cuidado abrimos la caja del destructivo artefacto. El supermasclet descansaba sobre una tupida capa de serrín, una vez vaciada lo colocamos sobre la bomba de praliné. Hasta la fecha nunca habíamos visto ninguno, y lo que conocíamos sobre estos potentes artículos pirotécnicos eran habladurías, pero para ser sinceros bastante ciertas, porque aquello era muy parecido a un misil de crucero BGM-109 Tomahawk.

Con caras de satisfacción nos miramos sabiendo que íbamos a tener el honor de conocer en primera persona sus devastadores efectos. Aunque estaba muerto de miedo, me sentía un privilegiado porque las caras de mis compañeros revolucionarios reflejaban una sana envidia. Mientras que yo me apretaba los cordones de las zapatillas y tapaba mi cara con el pañuelo fallero, mis amigos hacían lo propio retardando la mecha, una vez finalizada la preparación nos abrazamos y gritamos al unísono: ¡Hay que derrocar a la reacción!. Después de toda esta liturgia llegó el momento crucial, la gente se fue colocando en sitios estratégicos para no perderse detalle del espectáculo, yo sólo ante el peligro me preparé para hacer estallar aquella diabólica carga.

Con el corazón completamente desbocado el poco aire que me quedaba lo utilice para soplar en la mecha y avivarla, con manos temblorosas la acerque hacia el masclet, lo prendí y entre los gritos de ánimo de mis compinches me puse a correr como jamás en vida lo había hecho. No se el tiempo que pasó y la distancia que recorrí, pero lo que si recuerdo con meridiana claridad fue el momento de la explosión. Un estruendo ensordecedor envolvió a La Placeta, debido a la onda expansiva caí al suelo, y sentí como unos ardientes trozos de metralla perforaban mi espalda y mi cabeza, aunque intenté levantarme no puede hacerlo porque estaba completamente desorientado, debido a la fuerte explosión no escuchaba absolutamente nada, era como si un ruido sordo se hubiera apoderado de mis oídos, desde el suelo y totalmente aturdido comencé a tocarme para ver si todos mis órganos y extremidades permanecían en su sitio. La mitad del grupo debido a la dantesca situación pusieron pies en polvorosa dirección a sus respectivas casas, y los pocos que quedaron fueron corriendo en mi auxilio para intentar levantarme, como buenamente pudieron me cogieron en volandas llevándome a un lugar más tranquilo.

Cuando empecé a ser consciente de la situación descubrí que aquellos trozos de ardiente metralla no eran más que escatológicos fragmentos que habían estucado mi retaguardia. Es en esos momentos descubres que tienes amigos verdaderos, porque a pesar de que estaba cubierto por una espesa capa de mierda me abrazaron gritando: ¡¡Hemos derrotado a la reacción!!. A mí me embargaba un sentimiento agridulce porque aunque habíamos ganado la guerra todavía me quedaba por librar la madre de todas las batallas, explicarle a mi progenitora como aquel nauseabundo estucado decoraba mi espalda. Conforme me marchaba hacia casa convertido en un héroe, mis camaradas revolucionarios entonaron la canción en homenaje a los compañeros caídos en acto de servicio, porque como era previsible no iba a pisar la calle durante una larga temporada.

Lo que ocurrió en casa y el castigo que recibí quedará bajo secreto sumarial, sólo puedo decir que los únicos petardos que volví a encender años después, no estaban precisamente llenos de pólvora.

CONTINUARA…………………………………………..

jueves, 3 de diciembre de 2009

III. De cartón piedra

Con la llegada de las fallas la ciudad entera era un hervidero de gente, el ruido y el olor a pólvora la recorrían de parte a parte. En nuestro barrio la falla se plantaba a escasos cincuenta metros de La Placeta, para ser sincero nunca me fijaba en el monumento que plantaban porque lo único que me interesaba realmente era quemar la mayor cantidad de pólvora posible, eso sí, siempre dentro de mi limitado presupuesto.

Como podréis imaginar aquello era un auténtico polvorín, convirtiendo a La Placeta y su fuente en un auténtico campo de batalla. Debías andar con mucho cuidado porque aquel caótico zafarrancho no entendía de razas, credos, ni religiones, y el más mínimo descuido podía traerte graves consecuencias para tu integridad, así que lo mejor para sobrevivir a la semana fallera era agenciarte un kit básico compuesto por: una mecha que permanecía encendida durante el tiempo que pasabas en la calle y sólo apagabas una vez entrabas en casa, una bolsa de petardos cuyo tamaño variaba en función del presupuesto que tuvieras disponible, calzado deportivo, y por último, el clásico pañuelo y blusón aunque no fueras miembro de ninguna falla.

La mejor manera para detonar aquellos explosivos era utilizar botellas de agua y botes de Coca-Cola, en cuyo interior depositabas el petardo con la única finalidad de reventarlo en el mayor número de trozos posibles. Para ello existía una amplia gama de material pirotécnico, pero lo más utilizado era:

Vacas: petardos de poca intensidad que lo único que hacían era levantar el polvo, pero que servían de gran alivio cuando la economía no daba para más.

Carpinteros: tenían mayor fuerza que las vacas, cuando los colocabas en alguna botella de plástico o de algún bote de Coca-Cola conseguías elevarlos unos centímetros del suelo.

Salidas: eran petardos para uso aéreo, se colocaban dentro de un tubo cartón y se lanzaban a modo de misil. La mejor manera de fabricar un buen lanzamisiles era adosando varios tubos de papel albal sujetos con cinta aislante.

Masclet: sin duda alguna la joya de la corona, y por extensión el producto más deseado por todos. Existían diferentes categorías en función de su intensidad, evidentemente los más potentes eran carísimos y sólo podían venderse a personas mayores de edad, al ser menores solo podíamos aspirar a comprar los de intensidad media, pero para nosotros eran suficientes porque causaban grandes desperfectos.

Cansados de destrozar prácticamente todos los envases que moraban por el barrio, decidimos dar un paso más en nuestra destructiva misión, así que tuvimos la brillante idea de colocar los artefactos en truños de perro y esperar agazapados viendo como la onda expansiva repartía la escatología y fétida carga. Para ello acudíamos a un descampado cercano donde los habitantes del barrio llevan a sus mascotas para que ejercieran su personal momento All-Bran. Aunque era bastante asqueroso y la mayoría de las veces me producía arcadas, recuerdo que mientras preparábamos los dispositivos nos partíamos de risa pensando en cual sería el destino de aquellos pequeños trozos de caca.

Disfrutando de tan asqueroso juego caímos en la cuenta de cual sería la venganza que por fin derrotaría al reaccionario “barbas” y a su fiel chucho, dejando a Edmond Dantès en un vulgar aprendiz.

Aunque no lo parezca era un trabajo concienzudo ya que debíamos utilizar todos los conocimientos matemáticos y físicos que teníamos a nuestro alcance. En primer lugar había que calcular el tamaño del truño, después utilizar la carga de pólvora necesaria para que el efecto fuera lo más devastador posible. Tras varias pruebas dimos con la fórmula mágica, pero había un problema logístico: ¿Cómo transportar el truño hasta la puerta de la tienda?, tras varias deliberaciones aplicamos la lógica de un dicho muy conocido “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma”, hablando en cristiano, necesitábamos un perro que plantara un pino en la puerta. Este era un verdadero problema porque ninguno de nosotros disponía del mejor amigo del hombre, si no lo conseguíamos nuestra ansiada venganza se vería truncada. Buscamos planes alternativos pero eran muy descabellados, ante tal situación comenzamos a desmoralizarnos y a tener el convencimiento de que jamás podríamos derrotar al tirano.

De repente y como una aparición mariana vimos a lo lejos a un chaval que vivía cerca de nuestra calle, aunque nunca habíamos hablado con el porque se había trasladado al barrio hacia poco tiempo, si nos conocíamos de vista. Como no teníamos nada que perder nos acercamos y le preguntamos: ¿podrías hacernos un favor?, con curiosidad contestó: ¿De que se trata?, comenzamos a contarle toda la historia y como aquel tirano nos hacía la vida imposible. Tras unos minutos de reflexión dijo: ¡podéis contar conmigo!. Posiblemente su respuesta afirmativa estuviera condicionada porque al ser nuevo en el barrio, ésta era la única oportunidad que se le presentara para hacer nuevas amistades, y no se equivocó, porque desde aquel día nos hicimos inseparables, convirtiéndose en uno de los nuestros. Una vez localizados todos los ingredientes, sólo faltaba preparar el plato de la venganza, ponerlo a cocinar, para servirlo tal y como mandan los cánones “frío”.

Al día siguiente estudiamos concienzudamente cual sería la hora más adecuada para realizar el ataque final. Como en todas las guerras tendríamos daños colaterales, pero era un precio que había que pagar para acabar definitivamente con la reacción. Después de una larga deliberación decidimos que el mejor momento para ejecutar la operación “Kaka de Luxe”, sería a las 12:00 pm del día 18 de marzo, así que lo único que nos quedaba era comprar el artefacto que la ocasión merecía. Como en una partida de póker vaciamos nuestros bolsillos hasta dejarlos literalmente sin pelusas, y juntamos todas las pesetas de las que disponíamos. C0n el dinero recaudado podíamos comprar un Supermasclet, lo llamaban así porque tenía una fuerza descomunal pero con un gran inconveniente el recorrido de la mecha era muy corto, con lo que tenías escasos segundos para encenderlo y salir por piernas, así que el único modo de ganar algo de tiempo antes de su detonación, era lijando la mecha sobre un superficie rugosa. Como este tipo de material pirotécnico estaba vetado para nosotros le pedimos al hermano mayor de uno de nosotros que nos lo comprara. Sin preguntar para que lo íbamos a utilizar accedió a nuestra petición, sin saber que ese letal artefacto iba a cambiar definitivamente la fisionomía de nuestra querida Placeta.

Ahora sólo quedaba esperar a que diera comienzo el día D, adelantándonos a la gran mascletá que se dispara cada año el día de San José en la Plaza del Ayuntamiento.

CONTINUARÁ…………………………………………

II. Pacto entre caballeros

Entre el aturdimiento y la indignación nos fuimos hacia casa, pero durante el trayecto decidimos enterrar el hacha de guerra, y aunar esfuerzos para luchar contra aquel tirano que se quería apoderar del único lugar en el que podíamos jugar sin peligro de ser atropellados, porque en esta ocasión había ultrajado el honor todos y cada de nosotros. Sin más preámbulos, nos estrechamos las manos y firmamos un pacto entre caballeros, como hizo Joaquín Sabina con su canción:

"..... yo, que siempre cumplo un pacto
cuando es entre caballeros....."

Al día siguiente planeamos comenzar con la batalla psicológica así que, al igual que un coro navideño cuando pide el aguinaldo, nos pusimos frente a su puerta a deleitarle con nuestro particular grito de guerra:

Hay que derrocar a la reacción!
¡A las barricadas! ¡A las barricadas
por el triunfo de la Confederación!

Con paso ufano y altanero se asomaba al límite que separaba el umbral de su tienda con el mármol de La Placeta, apurando su cigarrillo con mirada desafiante, mientras nosotros permanecíamos impasibles ante aquella provocación, elevando el tono de nuestro reivindicativo himno. Durante semanas acudimos cada tarde a cantarle nuestra peculiar serenata hasta que decidimos dar por terminada la misión para iniciar una nueva fase de nuestra terrible venganza.

Nos dividimos en dos grupos: por una parte estaba la D.A.C (División Acorazada Ciclista), cuyos integrantes conducían las bicicletas que estaban de moda por aquella época (Orbea, Torrot, G.A.C y BH), la otra parte del grupo estaba formada por la C.T.S (Compañía Transportada Sancheski). No quiero se modesto pero siendo sinceros éramos un verdadero grupo de élite que ya le hubiera gustado a más de un ejército tenernos entre sus filas. Yo pertenecía a la temida C.T.S. Nuestra forma de actuar era peligrosa para nuestra integridad pero letal para el enemigo. Nuestra misión consistía en lo siguiente: subidos al monopatín, bien fuera de pie, de rodillas o en cuclillas, éramos arrastrados por las potentes bicicletas sujetos con una cuerda atada al sillín, cuando habíamos alcanzado velocidad suficiente soltábamos la cuerda y nos dejábamos llevar por la inercia intentado realizar arriesgadas piruetas, que la mayoría de las veces acababan con nuestros huesos en el suelo.

Después de un par de meses de duro entrenamiento conseguimos perfeccionar la técnica de tal manera que antes de caer al suelo teníamos la capacidad de controlar la dirección del monopatín para dirigirlos hacia objetivos concretos. Con esta depurada técnica ya estábamos preparados para atacar el centro de operaciones del enemigo, así que después de solucionar algunos flecos relativos a la logística, pusimos en funcionamiento la operación “Mi barba tiene tres pelos”, que consistía en pasar con las bicicletas frente a la tienda del enemigo y con la misma precisión de un reloj suizo, saltar del monopatín dirigiéndolo como obús hacia el escaparate. Por primera vez en mucho tiempo y tras los continuos ataques, conseguimos minarle la moral de tal manera que su arrogante actitud se convirtió en irritación y furia al saber que una pandilla de revolucionarios imberbes había conseguido sacarlo de sus casillas.

En uno de los múltiples ataques con los que le obsequiamos, fue cuando perdió literalmente los papeles y, en un acceso de cólera, salió a La Placeta voz en grito, amenazando con llamar a nuestros padres e incluso a la policía para que nos dieran una buena reprimenda. Era tal el estado frenético en el que se encontraba que decimos retirarnos y dejar que las aguas volvieran a su cauce.

Tras unas semanas de calma tensa decidimos pasar a la acción pero esta vez el destino nos tenía preparada una desagradable sorpresa. Debido a un error de cálculo dos de miembros de la C.T.S perdieron su preciado monopatín en acto de servicio. Aquel día planeamos realizar un ataque combinado en el que de manera simultánea se lanzaban dos monopatines. Todo marchaba a la perfección y en el último lanzamiento los dos monopatines chocaron entre sí con tan mala fortuna que su trayectoria se desvió y fueron a parar a la entrada de la tienda del enemigo. Los dueños de los Sancheski intentaron recuperarlos, pero él fue más rápido y los confiscó. Con los ojos inyectados en sangre grito: ¡¡Ahora ya son míos, si queréis recuperarlos tendrán que venir vuestros padres a por ellos!!.

Aquel día recibimos un duro golpe, intentamos convencer a los damnificados para que contaran a sus padres que unos manguis les habían levantado los monopatines, pero no cedieron a nuestras presiones (yo tampoco lo hubiera hecho), ya que por aquel entonces un Sancheski eran palabras mayores, así que con gran dolor de corazón le contaron a sus padres la verdad del asunto para recuperar tan preciado bien. La confesión tuvo grandes consecuencias en el barrio. Casi todas las madres se conocían porque coincidían en el mercado o a la salida del colegio, así que la lista con los nombres de los implicados corrió como la pólvora. La respuesta ante tales afirmaciones fue recibida por el sector maternal con total escepticismo ya que ellas creían a pies juntillas que sus hijos no tenían nada que ver en el asunto y que la culpa era de los otros, pero, para prevenir males mayores, tomaron la determinación de confiscar los monopatines y las bicicletas hasta la resolución de los hechos.

Aunque nos costó reconocerlo, el enemigo era más fuerte de lo que imaginábamos. Sin balones para echar los míticos partidos de todos contra todos, nos dedicamos a practicar juegos menos agresivos pero igual de divertidos. Nuestro largo y pesado correctivo lo cumplimos jugando a la peonza, las canicas, y sustituimos los añorados monopatines por unos Yo-Yo Russell 5 Estrellas.

Durante el prolongado cautiverio reinó la paz, pero sólo sirvió para fraguar una venganza que cambiaría definitivamente el devenir de los tiempos, porque nuestros corazones seguían latiendo al ritmo de nuestra consigna.

Hay que derrocar a la reacción!
¡A las barricadas! ¡A las barricadas
por el triunfo de la Confederación!


CONTINUARÁ…………………………………………

martes, 1 de diciembre de 2009

I. La guerra de "dos" mundos

Negras tormentas agitan los aires,
nubes oscuras nos impiden ver,
aunque nos espere el dolor y la muerte,
contra el enemigo nos llama el deber.

El bien más preciado es la libertad,
hay que defenderla con fe y valor.

Alza la bandera revolucionaria,
que del triunfo sin cesar nos lleva en pos.

Alza la bandera revolucionaria,
que del triunfo sin cesar nos lleva en pos.

En pie pueblo obrero, a la batalla!
¡Hay que derrocar a la reacción!

¡A las barricadas! ¡A las barricadas
por el triunfo de la Confederación!

¡A las barricadas! ¡A las barricadas
por el triunfo de la Confederación

Éste era nuestro grito de guerra allá por los ochenta. Con los años supimos que era una de las canciones que cantaban los anarcosindicalistas durante la guerra civil, convirtiéndose en el himno oficial de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo). No recuerdo como la aprendimos y aunque no entendíamos su significado, nos veíamos reflejados en sus versos, ya que durante años sufrimos la tiranía, el abuso de autoridad, y las injusticas de un auténtico opresor que campaba a sus anchas por el barrio.

Siempre andaba acompañado por su perro, un pastor alemán que tenía verdadera animadversión hacia los críos, en parte gracias a la doctrina recibida por su dueño. Nuestro “enemigo”, no tendría más de cincuenta años, llevaba una poblada barba canosa con tonos amarillentos, conseguidos tras muchos años de consumo de nicotina. Cuando aspiraba aquellas nocivas bocanadas parecía que de un momento a otro fuera a salir en llamas, pues el cigarrillo quedaba prácticamente oculto entre aquel rancio pelaje.

Regentaba un negocio situado en “La Placeta”, bautizada popularmente con ese nombre porque era una pequeña plaza, cuyo centro estaba coronado con una fuente que en otros tiempos manaba agua, pero que ahora se había convertido en un árido paisaje de cemento y loza. Como el barrio estaba carente de parques, los niños de las calles de alrededor acudíamos allí a descargar nuestra infantil adrenalina. El suelo que rodeaba a la destartalada fuente, era de un finísimo mármol ideal para patinar con nuestros añorados monopatines “Sancheski”, piedra angular del skateboard actual, cuya plancha de poliuretano naranja hacía verdaderas escabechinas en nuestras ya de por si castigadas extremidades. También la utilizábamos para resolver nuestras rivalidades con otros chicos del barrio jugando masivos partidos de fútbol.

Lo que más irritaba al “enemigo opresor” era que toda esta serie de lúdicas actividades las realizáramos frente a su negocio, porque según decía, sus escaparates corrían serio peligro de rotura, aparte de espantar su exigua clientela. Así que utilizando todo tipo de tácticas y artimañas, impedía el correcto desarrollo de nuestro tiempo de esparcimiento, pero a pesar de su férreo marcaje siempre conseguíamos nuestro objetivo, ya que nosotros nos amparábamos en el derecho de que la que la calle ¡¡ERA DE TODOS!! , y mientras que no jugáramos dentro de su tienda no podía decirnos nada.

Como ya he contado en alguna ocasión, siempre andábamos a la gresca con la gente que habitaba alrededor de nuestra calle. Hubo una tarde en la que uno de los nuestros recibió un ataque sorpresa, cuando nos enteramos de la noticia fuimos rápidamente a defender su honor, porque estaban terminantemente prohibidas las agresiones siempre que los grupos no fueran superiores a tres miembros. La única forma de resolver este tipo de conflictos era jugando un partido de fútbol en el Estadio Callejero de La Placeta, ganaba quién más goles consiguiera, y terminara con el mayor número de efectivos sobre el terreno de juego.

Aquella tarde nos dispusimos a jugar uno de los partidos más importantes en nuestra corta existencia, habían mancillado el honor de uno de nuestros miembros y eso era como romper la ley de ormeta en la italiana isla de Sicilia. Como auténticos caballeros legionarios acudimos a nuestra crucial cita, parecíamos aquellos valientes prisioneros de guerra ucranianos que aún a sabiendas de sus fatídicas consecuencias, ganaron y humillaron a los soldados alemanes de la Wehrmacht, en el conocido como Partido de la Muerte, que décadas después inspiró a la película, Evasión o Victoria.

Si alguna vez habéis jugado o sido testigos de este tipo de partidos, sabréis que no existen reglas definidas al respecto, aquí se aplicaba la máxima del todo vale, trallón incluido. Debido a la diversidad en las vestimentas era dificilísimo identificar a tus compañeros, de hecho pienso que la banda de Pancho Villa iba muchísimo más uniformada que nosotros, y que decir de realizar tres pases seguidos, así que la mejor manera de disputar el encuentro era recurriendo a la táctica del ¡¡Patá y avant!!.

Todo transcurría con total normalidad: patadas, codazos, tirones de camiseta, algunas gafas volando, hasta que de pronto hubo una falta al borde de la imaginaria área. Como en este tipo de encuentros la figura del árbitro no existía, los conflictos se resolvían entre todos los participantes del encuentro, y por alguno de los espontáneos espectadores, tras mucha deliberación decidimos pitar la falta. La tensión era máxima, el partido estaba muy disputado, las tablas reinaban en el marcador debido al continuo correcalles en el que se había convertido aquel combate en defensa del honor. Nuestro portero colocó una barrera de cuatro y ordenó al resto del equipo que hiciera marcaje al hombre, el mejor lanzador del equipo rival cogió el esférico con la misma sangre fría y convicción con la que Hugo Sánchez lanzaba una pena máxima, lo colocó al borde del área y pegó un tremando disparo, el balón salió despedido como un auténtico proyectil haciendo una extraordinaria parábola, que superó a la impasible barrera. Nuestro portero, con unos reflejos felinos, prolongó su brazo hasta el límite que la física y la naturaleza permiten, y consiguió desviar el potente disparo hacia el medio del terreno de juego ante la atenta mirada de la concurrencia, de repente sin que nadie lo esperara el cancerbero del equipo rival hizo acto de presencia, ya que jugamos con la versión del portero-regateador, conforme bajaba el balón, cogió impulso, y con todas sus fuerzas pegó un tremendo chut que hizo temblar los cimientos de la plaza, pero con tan mala suerte que fue a impactar contra el escaparate del “enemigo opresor”.

Por un instante todos quedamos paralizados, pero al comprobar que el escaparate no había sufrido daño alguno (posiblemente fuera blindado), dejamos que el balón continuara rodando, sin sin saber como, entre toda aquella nube de piernas apareció nuestro barbudo enemigo junto a su inseparable perro y cogió el balón, todos empezamos a recriminarle diciéndole que nos lo devolviera, pero haciendo caso omiso a nuestra petición, aprovechó el momento de confusión y delante de todos lo pinchó.

Recuerdo que se montó un verdadero guirigay, hubieron gritos, insultos, lloros, ladridos, pero como éramos pequeños teníamos todas las de perder, así que no quedo más remedio que retirarnos. Conforme nos marchábamos se quedó en la puerta de su tienda con el balón en una mano, y acariciando a su perro con la otra, sus camuflados labios dibujaban una sonrisa de satisfacción al verse ganador de la batalla, lo que no sabía era que posiblemente perdiera la guerra.



CONTINUARÁ ………………