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lunes, 1 de marzo de 2010

¡¡ Willkommen, Bienvenue, Welcome !!

Con este peculiar y multicultural saludo el extravagante maestro de ceremonias del mítico Kit Kat Club, nos invitaba a entrar al sórdido, irónico y sarcástico mundo nocturno del cabaret de los años 30, donde los berlineses intentaban evadirse de una realidad que desgraciadamente acabaría imponiéndose. Mientras se gestaba el terrible gen del nazismo, la vida dentro del cabaret transcurría bajo un ambiente viciado por el humo del tabaco y el champagne barato. Aunque sin tantas pretensiones en nuestra particular Torre de Babel había una atmósfera parecida a la del legendario Club, donde de puertas para dentro no existían los prejuicios ni la censura y sus moradores podían dar rienda suelta a instintos más primitivos.

Como en cualquier fiesta que se precie, nosotros también teníamos a un singular maestro de ceremonias. Rozaba el medio siglo y sus rasgos delataban su lugar de procedencia, aunque poco quedaba ya de las costumbres con las que se había criado, porque después de estar viviendo durante dos décadas en España se había convertido en un moro con vicios de cristiano. Gastaba un particular mostacho de un negro zaino que hacían de él su sello de identidad. Era un consumidor compulsivo de tabaco y aguas destiladas, por ello en la Torre de Babel se encontraba como pez en el agua y si a esto le sumamos que era un gran aficionado a los juegos de mesa y de azar aquel lugar era el auténtico paraíso. Para él los días transcurrían sin ningún tipo de estrés, difícilmente podías verlo antes del mediodía porque como buen anfitrión era el último en irse de la fiesta de la noche anterior, así que su actividad laboral comenzaba tras la hora de comer. Su principal función era la de atender a la clientela, con la que la mayoría de las veces jugaba interminables partidas de dominó, regadas con los rancios jugos que emergían de los viejos barriles que desde tiempos inmemoriales descansan detrás de la barra, y que le servían de aperitivo para el gran espectáculo que cada noche se presentaba en club babeliano.

La tónica dominante de estas inolvidables veladas es que siempre excedían del horario permitido, así que la solución que tomaba el maestro de ceremonias era hacerlas a puerta cerrada, para dar un toque más íntimo y familiar a la jarana. Era entonces cuando bajo el amparo que nos proporcionaba el cierre de la persiana comenzaba la representación, donde un nutrido grupo de embriagadas almas se profesaban amistad eterna bajo el cálido influjo que proporcionaba el licor servido por el gran maestro, aunque también había ocasiones en las que el festejo se veía empañado por alguna que otra trifulca. Cuando los efluvios de los inagotables lingotazos de agua destilada mezclada con las burbujeantes chispas de la vida hacían su efecto en el líder espiritual de esta atípica familia, nosotros aprovechábamos la turca que le acompaña para entrar en la barra y servirnos la bebida a cuenta de la casa. Cuando la tajada llegaba a límites insospechados, nuestro querido maestro con paso inseguro y tambaleante se acercaba a la mesa donde siempre nos sentábamos y entre balbuceos nos espetaba: ¡¡Chiquillos diez minutos!! , este era el primero de una serie de avisos porque los diez minutos de cortesía que teníamos para marcharnos a casa se convertían en horas. Aunque siempre cumplíamos la parte del trato y terminábamos picando espuela, el resto de crápulas que allí dejábamos acompañando al gurú de la fiesta, eran sorprendidos por la señora que a la mañana siguiente se encargaba de limpiar y cocinar en aquel Kit Kat Club de barrio.

Por raro que parezca en ese ambiente nocivo y decadente aprendimos que cuando el espectáculo comienza la gente se olvida que cada uno es cada cual y los prejuicios se evaporan al igual que el alcohol en sus venas. Desde que pusimos fin a nuestra estancia en la Torre de Babel no hemos vuelto a saber del maestro de ceremonias y su séquito, supongo que habrán encontrado otro lugar donde celebrar sus memorables fiestas.

lunes, 22 de febrero de 2010

Torre de Babel

Aunque destartalada y vieja todavía conservaba el esplendor de años pasados, de hecho cuando cruzabas el umbral de su puerta comprobabas que entre aquellas paredes el tiempo se había paralizado. Sus techos altos y abovedados sujetos por vigas madera hacían que el nocivo humo que se respiraba flotara de manera permanente, igual que la niebla que cubre los cielos de la ciudad del Támesis. Bajo una extensa capa de colillas y ceniza, se vislumbraba un suelo de mosaico que después de tantos años casi habían desaparecido las geometrías figuras que lo decoraban. Tras una larga y pegajosa barra marcada por los cercos de las copas, descansaban unos grandes barriles de madera que guardaban litros de un vino rancio que tanto gustaba a sus fieles parroquianos, los cuales aprovechaban el bajo coste de esta bebida espirituosa para alegrar su retiro dorado jugando interminables partidas de dominó. Frente a ella estaban las habitaciones que años atrás habían sido la vivienda de sus fundadores, pero ahora servían para completar el aforo del local. En la parte trasera había un pequeño patio, su suelo adoquinado y desnivelado por el inevitable paso de los años hacía prácticamente imposible mantenerse erguido. Esto era un verdadero problema para sus beodos habitantes, ya que cuando salían a vaciar sus castigados riñones hacían verdaderos equilibrismos para no darse de bruces. Estaba coronado por un centenario ficus de interminables raíces, cuya agradable sombra creaba un pequeño microclima que hacía a los cálidos meses de verano más llevaderos.

Aquel lugar centro de acogída de lo más granado del barrio, era una auténtica institución, una mezcla entre la Cueva de Luis Candelas y el Gran Café Gijón, admitía a cualquier persona sin importar su raza, credo, o religión. Según contaban los más viejos del barrio era tal el embrujo que ejercía sobre quienes la visitaban que una vez entrabas en ella ya no podías salir. Algo parecido a aquellas antiguas historias de sirenas que utilizaban la seducción de sus cantos para hacer naufragar a los marineros. Evidentemente por razones que se escapan a la lógica caímos rendidos en su misterioso hechizo y haciendo honor a la leyenda entramos a formar parte del selecto club bodeguero. Desde ese mismo instante todo nuestro universo quedó reducido a aquellas cuatro paredes que sólo abandonábamos en contadas ocasiones para visitar a la vecina del segundo, que según decían vendía cosa fina. El resto del tiempo al igual que nuestro dinero lo perdíamos en largas partidas de cartas, pero de entre todas las actividades ludópatas que no lúdicas que practicábamos, había una en particular que nos gustaba más que la angelical e inocente mirada de Natalie Imbruglia.

En una de las habitaciones que antaño habían ocupado sus fundadores se instaló un futbolín, porque con gran visión comercial su dueña pensó que debido a la cada vez mayor afluencia de gente joven sería una buena fuente de ingresos para sus arcas. Y no andaba equivocada porque allí pasábamos prácticamente todo el tiempo, hasta el punto que monopolizamos aquella estancia como si fuera de nuestra propiedad. Desde aquel día se dejó de escuchar el mítico programa “Tu canción, tu recuerdo” que emitían en la 97.7 Valencia y que tanto les gustaba escuchar a sus parroquianos, para dar paso al constante y metálico traqueteo de los jugadores pateando la pelota. La sorpresa vino cuando llegó el momento de hacer la recaudación y recoger los jugosos beneficios, ¿sabéis cual era la recaudación?, NADA y os preguntareis: ¿cómo es posible que después de tantas horas jugando no haya ni una peseta?, aquí tenéis la respuesta.

En vez de monedas introducíamos una cinta metálica por la pequeña ranura que quedaba cuando tirabas de la palanca que accionaba la caída de las bolas. Cuando ésta hacía tope tirabas de la palanca a la vez, y activabas el mecanismo que hacía salir las bolas, igual que si hubieses metido una moneda. Tras el monumental cabreo de la dueña y con la firme promesa de que no lo volveríamos a hacer dejó el futbolín, eso sí, con un complejo sistema de seguridad para que nadie pudiera introducir nada por aquella “rajita”. Con lo que no contaba es que nuestra promesa la habíamos hecho con los dedos cruzados, porque un nuevo sistema para echar partidas gratis ya estaba en funcionamiento. Era más rudimentario y consistía en aplicar las leyes básicas de la física, es decir, volcábamos el futbolín hacia el lado por donde salían las bolas y debido a la gravedad estas salían de balde por su propio peso. Fue entonces cuando de manera tajante tomó medidas drásticas y como solución, clavó las patas del futbolín al suelo para evitar futuros levantamientos. Tras esas drásticas medidas no encontramos la manera para jugar partidas gratis, así que abandonamos nuestra afición, lo que provocó la definitiva retirada del futbolín.

Esto es sólo una muestra de las muchas anécdotas que allí vivimos, porque en aquella pequeña Torre de Babel claro ejemplo de convivencia entre gentes de distinto pelaje, pasamos una etapa importante de nuestras vidas, quizás la mejor. Y aunque cada vez se hacen más borrosos los recuerdos, siempre que tenemos la oportunidad nos gusta rememorar aquellos interminables días en los que vivíamos bajo su misterioso embrujo. Nada queda ya de la antigua bodega y las historias que ocurrieron en ella, por eso intentaré relatarlas dentro de los límites del secreto sumarial, porque hay algunas que son de uso exclusivo, de aquellos que durante una década respiramos el inconfundible aroma de la “sarna bodeguera”.