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martes, 25 de mayo de 2010

Insert Coin

Se acaban de cumplir 30 años desde que la empresa japonesa Namco lanzara al mercado el Pac-Man conocido por estas tierras como Comecocos. A pesar de los avances técnicos que durante tres décadas se han producido en el sector, ha conseguido sobrevivir a todos estos avatares manteniéndose como el videojuego por excelencia.

En los ochenta la única alternativa posible para saciar tus instintos ludópatas siempre y cuando no fueras uno de los pocos privilegiados que disfrutaba de un Spectrum de 64K, eran los recreativos. La importancia y prestigio de un barrio se medía por el número de salas recreativas que tenía y por la calidad de sus máquinas. En aquellos centros sociales cantera de ludópatas y traficantes, había un encargado al que todo el mundo llamaba “JEFE”. La razón principal es que al igual que los sheriff del lejano oeste lucía en su cintura dos armas que lo convertían en el Dios, en el puto amo, en el capo di tutti capi, y no me estoy refiriendo a dos Smith & Wesson del calibre 38, sino a unas armas muchísimo más poderosas. El manojo de llaves con las cuales accedías a las entrañas de las máquinas para recolectar la jugosa recaudación y por supuesto pulsar la palanca que daba créditos ilimitados, y una pequeña alforja de piel en la que guardaba la pasta necesaria para proporcionarte el cambio.

Todavía recuerdo la sensación que recorría mi cuerpo cuando entraba y escuchaba la estridente mezcla de sonidos que desprendían aquellas diabólicas máquinas que despertaban mis ansias por jugar. Acto seguido y como si de un zombi se tratara formulaba las palabras mágicas: -¡Jefe deme cambio!, de manera automática y sin mirarme a la cara se echaba mano al cinto y me proporcionaba las preciadas monedas de 25 pesetas, mientras que con sana envidia miraba con el rabillo del ojo el contenido de su alforja pensando en que me gastarías todo aquel pastizal si por alguna casualidad de la vida cayera en mis manos el contenido de aquel zurrón.

La gente que frecuentaba aquellos lugares estaba cortada por el mismo patrón. Daba igual a que recreativos fueras porque allí siempre encontrabas a la flor y nata. Por un lado estaban los mafiosillos, ocupaban el fondo de la sala y así podían controlar la entrada del personal, se dedicaban a vender hachís al menudeo, así que para no tener problemas nunca debías cruzar la mirada con ellos a no ser que fuera para comprar algo de material. Otros de los personajes que pululaban en aquel lugar eran los mirones que se apalancaban al lado del jugador para revelarle los trucos del juego, con la intención de conseguir una partida por la cara, pero normalmente acababan con la cara partida. El grupo más nutrido era el formado por los viciaos. Estos solían estar enganchados a un juego concreto y cada vez que acudías a los recreativos parecía que formaban parte de la máquina porque no los despegabas de ella ni con agua caliente.Para terminar con elenco estaban los pierdecasas de los que formaba parte, nuestra misión era la más importante porque gracias a nosotros se sustentaba el negocio recreativo. Es decir, metíamos pasta en todas las máquinas pero nunca pasábamos de la segunda pantalla.

En aquel casino para adolescentes podías comprarle al JEFE cigarros sueltos a 10 pesetas la unidad, ser testigo de más de una pelea, de muchos trapicheos, de cómo intentar sacar partidas gratis utilizando el mítico magiclick. Pero lo más importante para los asiduos de aquel lugar era grabar sus iniciales en el ranking de su juego preferido.

Con la llegada de las pequeñas y esbeltas videoconsolas los días de vino y rosas terminaron y comenzó la decadencia de aquellas cajas de madera con palancas y botones multicolor, que tantas tardes de gloria nos dieron y con ella el fin de una generación que utilizaba estos centros de ludopatía precoz para saciar sus viciosos instintos.

Por lo menos a los más nostálgicos siempre nos quedará el Texas Holdem

martes, 19 de enero de 2010

Leche, cacao, avellanas y azúcar….

Estos son los ingredientes que han endulzado mis tardes durante gran parte de mi infancia. Aparte de terminar mezclados junto a mis jugos gástricos, decoraban las páginas de mis cuadernillos Rubio, donde con más pena que gloria aprendía el arte de la escritura inclinada. Zamparse un buen bocata de NOCILLA era de obligado cumplimento allá por los ochenta, porque además de hacer las delicias de los pequeños de la casa, su envase servía a las madres para completar la vajilla. ¿Quién no ha bebido alguna vez con el clásico vaso de NOCILLA?, supongo que cualquier persona de bien, de hecho cuando voy a comer a casa de mis padres todavía pululan aquellos vasos que tantas tardes de gloria me dieron.

Para los paladares más golosos existían dos versiones alternativas: una era la NOCILLA de dos colores, de hecho si no me falla la memoria creo que hasta había una de fresa. Pero como auténtico purista, fiel consumidor de ésta crema de cacao, jamás permití que mi madre comprara este esperpento alimenticio. La otra era una versión casera que habitualmente preparaban las abuelas cuando acudías a visitarlas, se componía de leche condensada, con una cucharada de Cola-Cao/Nesquik. Esta empalagosa mezcla hacía que el Ratoncito Pérez hiciera horas extra, porque ante tal cantidad de azúcar, tus rapaces dientes no eran capaces de sobrevivir. La forma de degustar este magnífico invento del siglo XX era múltiple y variada, podías comerla directamente del bote introduciendo el dedo, o saboreándola en espectaculares tartas de cumpleaños, mezclando este prodigioso manjar, junto a un milhojas de Galletas Rio mojadas en café, con una suave, cremosa y refrescante lámina de flan de vainilla. Pero como realmente me gustaba tomarla era de la siguiente manera: entre dos galletas María Dorada Marbú (este producto es imprescindible porque sin él perdía todo su sabor), se aplicaba una generosa capa de NOCILLA, se introducía en el congelador, y pasada una hora cuando había solidificado, la degustaba lentamente para percibir con detalle como esa explosión de sabores estallaba en mi boca.

Recetas aparte, esta maravillosa exquisitez era sinónimo de interminables sesiones televisión y de juegos callejeros, donde mi única preocupación era que mi madre comprara el tambor de LUZIL con el que regalaban chapas metálicas con las fotos de los ciclistas del momento, para correr la Vuelta Ciclista a España sin moverse del barrio. Junto a mi inseparable bocadillo me pasaba horas decorando y afilando la punta de mi peonza, para combatir en aquellas luchas encarnizadas en las que a base de golpes y empujones sacabas del círculo de tiza al resto de peonzas enemigas, o apostando canicas en polvorientas timbas, que dejaban mis rodillas hechas trizas. En alguna ocasión y debido a mi pequeña mente de pandillero juvenil, la utilicé junto a mis amigos con fines maléficos. Recuerdo que la persona encargada de velar por la seguridad y el mantenimiento del edificio donde pasábamos las vacaciones era el Sr. Rafael. En teoría estas eran sus funciones, aunque en la práctica se pasaba todo el santo día sentado en el zaguán, sobre una confortable mecedera, apurando al máximo sus cigarrillos Celtas, leyendo revistas del corazón y refunfuñando constantemente sobre lo duro que era su trabajo.

Un día nos comentó que la tarde la iba a dedicar a repasar con pintura el cerco que quedaba alrededor del pulsador de la luz. No se muy bien porque razón le boicoteamos, la cuestión es que lo hicimos. Nuestras madres ajenas al acto vandálico que íbamos a cometer nos prepararon un buen bocata con extra de NOCILLA. Esperamos agazapados dándonos dos pisos de ventaja a que el Sr. Rafael comenzara su trabajo. Todo transcurría con normalidad hasta que llegó al tercer piso, de pronto su voz quebrada debido a la cantidad de nicotina consumida a lo largo de su vida, se escuchó por todo el rellano cagándose en DIOS. Desafortunadamente para él, en cada piso que coronaba se encontraba las paredes llenas de la genuina crema de cacao. Cuando llegamos al onceavo y con los ojos llenos de lágrimas debido a nuestras carcajadas, cogimos el ascensor y bajamos a la calle como si la cosa no fuera con nosotros. Aunque jamás pudieron inculparnos por falta de pruebas, nuestras madres sabían a ciencia cierta que sus vástagos habían sido los artificies, así que como toda acción tiene su consecuencia, estuve durante un largo tiempo merendando bocadillos de mortadela con los bordes resecos.

Los años han pasando y la NUTELLA le está ganando la partida a nuestra querida NOCILLA, supongo que será por culpa de la globalización, pero pienso que el motivo principal es que todos los que nacimos durante el famoso “baby boom” de los setenta, hemos superado la treintena, somos víctimas de una alopecia incipiente y la goma de nuestras delgadas cinturas empieza a ceder de una manera preocupante, razón de más para moderar el consumo de este producto patrio. Así que desde este blog hago un llamamiento para que dejemos a un lado esos pelos y kilos de más, a ver si entre todos conseguimos que la NOCILLA vuelva a recuperar el lugar que se merece.

Ahora, cuando me preparo un bocata de esta mágica mezcla me pregunto: ¿dónde fue mi niñez?, supongo que se quedó entre aquellas paredes que el sufrido Sr. Rafael estuvo pintando durante el resto del verano y en los vasos que todavía mi madre guarda en sus armarios.

jueves, 14 de enero de 2010

Mercenarios

“En 1972, un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del ejército americano, fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra, quizás pueda contratarlos”.

Así comenzaba el Equipo A, serie ochentera por excelencia que tiene el enorme privilegio de ocupar un lugar de honor en el Olimpo de los clásicos. Cada tarde disfrutábamos de sus aventuras por uno de los dos canales de los que disponíamos por aquel entonces. Esta mítica serie con la misma caspa que las películas de Serie B tuvo gran éxito entre la juventud de la época. Sus capítulos eran siempre igual: familia de la América profunda con hija buenorra se encuentra sometida a las continuas putadas del terrateniente del pueblo, contratan al Equipo A para que resuelva el conflicto. Con los escasos medios de los que disponen se enfrentan al poderoso enemigo haciéndole morder el polvo, después de repartir de lo lindo, explosionar varios coches y quemar unos cuantos kilos de pólvora, salían victoriosos, pero lo mejor de todo es que nunca se derramaba una gota de sangre.

En el barrio, aunque pensándolo bien en cualquier lugar del planeta nos juntábamos para emular a nuestros mercenarios preferidos, y aquí es donde llegaba el verdadero conflicto, porque como es de imaginar habían dos personajes por los que la gente se daba de hostias por conseguir el papel, y cuando digo hostias me quedo corto, porque las mayores peleas callejeras que he visto en mi vida han sido por interpretar al Coronel John Hannibal Smith, jefe del comando y un verdadero profesional en el arte de adquirir diferentes personalidades gracias a sus múltiples disfraces, y al Teniente Templeton Peck más conocido como Fénix en los ambientes. El motivo por el que la gente estaba dispuesta a matar por imitar a su personaje es que pillaba cacho en todos los capítulos, aunque no me extraña, porque se gastaba un pedazo Corvette por el que todas las féminas de pelo cardado y pantalón sobaquero suspiraban.

Debido a mi peso y estatura tenía todas las perder en este tipo de contiendas, así que no me quedaba más remedio que interpretar al Capitán H.M. Murdock y por extensión el zumbado del grupo, al que siempre tenían que sacar de alguna clínica porque se dedicaba a hablar con sus calcetines. Para terminar el elenco falta el Sargento M.A Baracus, un negrata de dos por dos con más colorado que toda la estirpe de los Montoya, Heredia, Cortes y Vargas juntos, que repartía hostias como panes. El único inconveniente de este grandullón es que tenía pánico a volar, lo que originaba que cada vez que lo tenían que hacer había que aplicarle un potente somnífero.

Gracias a la perspicacia aprendida en sus capítulos o más bien a nuestra falta de medios, nos las ingeniábamos para fabricar el armamento necesario para jugar por los descampados y calles del barrio. Las armas utilizadas eran el tirachinas fabricado con el cuello de una botella y un globo. La munición a utilizar era de lo más variada pero en nuestro caso y para evitar males mayores usábamos unas pequeñas bolas que crecían en los árboles de un parque cercano y que cuando impactaban en tu cuerpo te proporcionaban un escozor nada agradable. Como por aquel entonces en mi casa no era frecuente comprar agua embotellada, el envase que utilizaba para fabricar el tirachinas, era el de las botellas de leche Cervera. Otra de las armas por excelencia era una que se fabricaba con pinzas, su montaje era simple y su efectividad letal. Para fabricarlo necesitabas: una pequeña tabla de madera, dos clavos y una pinza. Como munición se utilizaba la parte metálica de una pinza sujeta por una goma elástica.

Quienes hayan combatido en estas peligrosas lides sabrán de lo que hablo, pero por si acaso adjunto croquis para que entendáis su funcionamiento:

Como se puede observar este es el modelo básico pero ante mis ojos han pasado verdaderas obras maestras, ya que conforme más grande era la tabla, mayor era el número de pinzas preparadas para disparar los peligrosos proyectiles. Durante aquella época las carpinterías y los tendederos maternos eran literalmente saqueados, hasta el punto que se produjo una gran crisis en el sector maderero debido al uso indiscriminado de esta noble materia prima. En un principio su fabricación estaba única y exclusivamente orientada para la caza de lagartijas y tiro al blanco, pero al final se convirtió en una lucha encarnizada entre los chavales del barrio cuya finalidad era la de conseguir el mayor número de munición posible en detrimento del enemigo.

Y así, con este simple entretenimiento pasábamos tardes enteras jugando a ser aquellos cuatro mercenarios que luchaban por un mundo más justo, eso sí, a base de hostias.

¡¡ Me encanta que los planes salgan bien!!


jueves, 7 de enero de 2010

Los Peregrinos

Son un grupo de creyentes que viajan hacia un lugar sagrado para redimir sus pecados y conseguir la absolución. Este año que comienza es conocido por los católicos como el Año Xacobeo, donde miles de peregrinos visitan la Catedral de Santiago para venerar al santo y conseguir así la indulgencia plenaria de sus pecados. Otro ejemplo es El Hajj, donde los fieles musulmanes acuden a La Meca en Arabia Saudí, para purgar sus faltas y realizar la Lapidación del Diablo.

Pero dejando a un lado las connotaciones religiosas conozco un lugar de peregrinación donde miles de personas se reúnen cada año desde tiempos inmemoriales, en el cual en vez de conseguir la indulgencia y el perdón de sus pecados los fomentan hasta límites insospechados. Los habitantes y peregrinos ocasionales de este insólito paraje tienen el enorme privilegio de ser testigos de un acontecimiento único, imposible de ver en ningún otro lugar, ya que en este pequeño pueblo de pescadores se pueden contemplar bucólicos amaneceres sobre las aguas del Mediterráneo y el espectáculo de presenciar unos atardeceres con el sol rojizo reflejándose en las dulces aguas de sus arrozales.

Siguiendo la tradición, sus fieles se congregan cada verano para rendir culto y venerar la imagen de su patrón, conocido por San Vicente de los Recreativos, abogado de las almas viciosas y disolutas, que cada año acuden a su templo para alimentar sus pecaminosas entrañas. Fundado en el año 1976 tiene la característica fundamental que su botafumeiro, desprende una particular mezcla de aromas a cocido, humo de tabaco, y las inconfundibles fragancias venidas desde Marruecos.

Al igual que otras confesiones religiosas existen unos sacramentos que sus adeptos deben de seguir al pie de la letra. En primer lugar está el Bautismo, el cual se produce cuando cruzas el umbral del santuario a comprar unas chucherías, y te dedicas a sentarte en la mesa de billar a ver como otros fieles manejan con sus pecadoras manos los joystick de las máquinas recreativas. En ésta etapa aprendes los conocimientos básicos de tu futura vida viciosa, ejemplo de ello es cuando por motivos técnicos la energía deja de alimentar a las diabólicas máquinas, y acudes raudo y veloz a apoderarte de unos de sus mandos para conseguir una partida gratis, tal es el nivel de aprendizaje que hay fieles que se agarran a los mangos del futbolín para conseguir esa ansiada partida.

Superada esta etapa viene la Comunión, en la que cambias las infantiles golosinas por cigarrillos comprados a granel. En esta etapa la economía no permite muchos lujos y tu corto capital lo inviertes en sesiones vespertinas a tus juegos favoritos, financiados con la paga semanal y la sisa a la cartera de tu madre cuando te envía a comprar el pan. El paso definitivo se produce con la Confirmación, en la que dejas de utilizar las máquinas, para invertir el patrimonio en mezclar los cigarrillos con unas rocas venidas más allá del Estrecho. El lugar para realizar esta ilícita liturgia es “El Ruedo”, donde los fieles se reúnen para compartir las propiedades de esta particular mezcla.

Durante los dos meses que dura la peregrinación existen dos citas ineludibles, una es la procesión que se realiza en bicicleta hasta la Montañeta dels Sants, para terminar bañándote en el lago que la rodea. La tradición dice que a la vuelta, uno o varios integrantes de la expedición pincharan alguna de las ruedas de su bicicleta y deberán realizar el camino de retorno andando. La segunda cita se celebra el 16 de julio, donde todos los feligreses se reúnen en la playa alrededor de una hoguera, para limpiar sus libertinas almas a base de una mezcla de alcohol y de unas curiosas letras llegadas desde Arabía.

Como en cualquier pueblo costero que se precie los devotos acuden al malecón, donde realizan diferentes actividades lúdicas bañadas con zumo de cebada. Entre ellas cabe destacar el salto en cama elástica, malabarismos con diábolos, escalada a la pirámide playera, partidas múltiples de ajedrez y sesiones de libre divagación, todo ello acompañado por auténticas Jam Session en la que los maestros de las cuatro y seis cuerdas tocan sus temas para deleitar a la concurrencia.

Con la llegada del fin de semana los miles de adeptos acuden a otro de sus santuarios por excelencia donde se encomiendan a San Rafael de la Cala, quién tiene la virtuosa facultad de permitir el acceso al paraíso terrenal. Son muchos los que lo intentan con múltiples trucos y artimañas, pero sólo unos pocos son los elegidos para entrar en este paradisiaco lugar, donde las amazonas tienen libre acceso. Como fin el de fiesta a estas interminables noches, todos y cada uno de los fieles acuden al Horno San Pascual para llenar sus alcohólicos estómagos y comentar entre balbuceos el resumen de la velada.

Los domingos día de reflexión y recogimiento, los adeptos acuden a media tarde a la playa para disfrutar de un relajante baño, y tomar unos pocos rayos de sol para disimular las marcas que sus vidas de crápulas dejan en su piel.

Con la llegada del mes de septiembre terminan las celebraciones en honor de San Vicente de los Recreativos, los fieles toman caminos diferentes con el deseo de reunirse y repetir la experiencia el próximo verano. Pero a diferencia de otras religiones, ésta efeméride tiene fecha de caducidad para sus feligreses, porque una vez alcanzas la tercera década contando desde el año de tu nacimiento, debes abandonar la peregrinación para dar paso a las nuevas generaciones. Llegado este momento sólo podrás reunirte en bodas, bautizos, comuniones y fiestas de guardar.

Dedicado a Los Libori@s y en especial a los Puche-Pelayo.

martes, 5 de enero de 2010

Queridos Reyes Magos:

Ha pasado un cuarto de siglo desde que les envié mi última carta, y después de mucho reflexionar he llegado a la conclusión de que la única razón por la que no han tenido noticias mías desde aquella misiva, es que la ilusión que envuelve a la mágica noche de reyes se ha ido perdiendo con el tiempo hasta el punto de dudar de la enigmática y misteriosa existencia de sus majestades. Pero he de comunicarles que este año al recibir la noticia de mi futura paternidad he comprendido el verdadero significado de esta tradición que perdura desde tiempos inmemoriales.

Hasta la fecha esta noche la había vivido con la visión de un niño, y como es de suponer embargado por la emoción sólo tenía ojos para los regalos que recibía. Pero haciendo un ejercicio de memoria puedo recordar la expresión de satisfacción de mis padres, cuando con las manos temblorosas y con un gesto entre el asombro y el desconcierto me dedicaba a desenvolver aquellos mágicos paquetes. Y aquí está el verdadero espíritu de su anual visita, no importa la cantidad de regalos recibidos sino transmitir esa ilusión a tu hijo.

Recuerdo que la víspera al día de su visita acudíamos a ver como recorrían las calles de la ciudad soportando estoicamente el frío y la humedad hasta que pasaban junto a nosotros. Al llegar a casa limpiábamos cuidadosamente nuestros zapatos y los colocábamos en el balcón, junto a tres copitas con coñac, y cazo con agua para sus camellos. Después de cenar nos íbamos directos a la cama con la esperanza de que todos nuestros deseos se vieran cumplidos. Aquella noche costaba conciliar el sueño, mientras esperaba la llegada de Morfeo repasaba mentalmente todas las peticiones que les había enviado a sus majestades. Poco a poco y a fuerza de repetir las líneas de aquella carta caía rendido esperando su llegada.

Por aquel entonces y debido a mi edad no tenía noción del tiempo, pero lo que recuerdo es que mi padre entraba cuidadosamente en la habitación y me decía: “Despierta han llegado los Reyes”, automáticamente mis ojos se abrían como platos, y como un rayo me dirigía por el largo pasillo hasta llegar al comedor, donde mi madre y mis hermanas me esperaban junto a los regalos que sus majestades nos habían concedido. Con la mirada atónita y tiritando de frío debido a los nervios del momento intentaba articular palabra pero como pueden imaginarse era misión imposible. Pero lo que realmente me dejaba asombrado de aquella agitada noche, era ver como las copas de coñac y el cazo de agua estaban vacios, ya que esa era la prueba evidente que sus majestades habían visitado nuestra casa.

Afortunadamente esta experiencia la voy a disfrutar con la misma ilusión con la que años atrás mis padres lo hicieron con nosotros, porque no hay nada mejor que hacer feliz a un hijo.

Sin más me despido de sus majestades de Oriente hasta el año que viene.

Feliz Noche de Reyes

lunes, 14 de diciembre de 2009

Felices Fiestas

Con la llegada del sorteo de la lotería comenzaban oficialmente las vacaciones navideñas. Mientras los niños de San Idelfonso repartían alegría a unos pocos y salud a la mayoría, nosotros nos dedicábamos a decorar el árbol de navidad, mi madre ajena a todo este jolgorio aprovechaba para realizar acopio de todas las provisiones necesarias para abastecer los estómagos de nuestra extensa familia.

A parte de los dulces y frutos secos típicos de estas entrañables fechas, el producto estrella de nuestra casa para deleitar a los comensales después de las copiosas comidas, eran las “uvas con aguardiente” que mi madre preparaba de manera artesanal. La receta era muy sencilla, pero el secreto de su éxito dependía de que los productos utilizados fueran de la mejor calidad, para ello, el aguardiente lo compraba en las Bodegas Tarrasó, un pequeño comercio familiar que se dedicaba a la venta de aceites y licores, las uvas las compraba en la parada que Quiquet tenían en el mercado de Monteolivete. Una vez adquiridos los productos se introducían en un bote de cristal y se dejaban macerar hasta que las uvas debido a los efectos etílicos del aguardiente adquirían un color negruzco. Aunque era pequeño me las ingeniaba para apropiarme de este rico manjar y disfrutar de su sabor, la mejor manera de comerlo era sorbiendo todo el jugo que desprendía la uva para después masticarla lentamente, dejando una mezcla ardiente y anisada en la boca.

El mayor seguidor de esta pequeña delicatesen era mí tío que como cada año venía de Madrid para pasar las navidades con la familia. Su llegada era una de las mejores noticias, porque a parte de la alegría por verle, mi hermano y yo teníamos asegurada la correspondiente visita al circo y a la feria. Nada más llegar nos llamaba desde casa de mis abuelos y nos decía que pasáramos a recogerle al día siguiente para acudir a nuestra anual cita con la diversión. Todos los años seguíamos la misma pauta, lo primero que hacíamos era visitar la catedral y realizar una ofrenda a la Virgen de los Desamparados, luego aprovechando los puestos callejeros que se montaban en navidad, me obsequiaba con un reloj y a mi hermano con un juguete, después cogíamos un taxi y acudíamos al santo santorum de las fiestas navideñas ¡¡ LA FERIA!!.

La feria de navidad se montaba en el viejo cauce, no se porque razón pero aquel lugar me dejaba completamente hipnotizado, posiblemente fuera por aquella mezcla de olores a algodón de azúcar, castañas asadas, y el inconfundible aroma a la fritanga de embutidos, o por aquel girigay de sonidos y luces que desprendían las tómbolas y atracciones, daba igual las veces que la visitara, pero aquel magnetismo me fascinaba de tal manera que me pasaba la mayor parte del tiempo con la boca abierta.

Una vez recorrido el recinto no dedicábamos a lo que más nos gustaba, echar interminables partidas en las míticas “Carreras de Camellos”, gracias a ellas acabamos convirtiéndonos en auténticos profesionales, de hecho pienso que una de las razones por las que desaparecieron estas atracciones fue, porque cada vez que jugamos nos hacíamos con todos los premios. La mecánica del juego consistía en lo siguiente: como en una pista de atletismo habían diez calles ocupadas por camellos, a cada participante se le asignaba un camello, para hacerlos avanzar disponías de tres bolas que tenías que introducir por unos orificios que en función de su color hacían que tu camello avanzara con mayor rapidez. Los de color rojo lo hacían avanzar cuatro posiciones, los de color azul (tres), los amarillos (dos), y los verdes (una).

El maestro de ceremonias con esa voz que caracteriza a los feriantes daba la salida diciendo: ¡¡Comienza la carrera a ver quién se lo lleva!! , a partir de ese momento comenzabas a lanzar bolas como si fuera tu vida en ello, mientras tanto animaba la carrera diciendo: ¡¡Avanti tuti a tuti jorobich!! ¡¡El seis va en cabeza y el cuatro no se entera!! , pasados unos minutos sonaba una campana que daba por terminada la carrera y el director de la misma decía:¡¡ El siete ganador, el siete vencedor!! , al que le obsequiaba con una botella de cava de dudosa procedencia. Pero ahí no terminaba el asunto, porque los cinco primeros clasificados pasaban a la gran final en la que si conseguías la victoria podías elegir entre los siguientes premios: Muñeca Chochona, Payaso Nicolás o una infinidad de cachivaches que hasta los mismos chinos no se atreverían a vender en sus tiendas. Una vez vaciada la estantería de premios mi tío nos dejaba en casa y nos despedíamos hasta la comida del día de Navidad que se hacía en casa de mis abuelos.

Después del altercado que tuve con Papa Noel cuando le administre aquella tremenda paliza al confundirlo con el hombre del saco, la mañana de navidad no había ningún regalo a los pies del árbol, pero no importaba porque siguiendo la tradición familiar aquel día se reservaba para obsequiarnos con las estrenas.

Con nuestras mejores galas acudíamos a disfrutar del ágape que nuestros abuelos preparaban año tras año y consistía en: Sopa cubierta acompañada por la típica pelota de navidad, de segundo carne mechada, y para postre flan casero con piña y melocotón en almíbar. Cuando entraba en casa mí tío Miguel me esperaba en el comedor, y yo corría a través del pasillo para acabar subido en sus brazos tocando el techo. Durante la comida mi abuelo presidía la mesa, y junto a su inseparable cigarrillo nos contaba las mismas historias de siempre, aunque me las sabía de memoria no me importaba escucharlas porque para él era una gran satisfacción hacernos participes de una parte de su vida.

Una vez terminada la comida acudíamos a casa de mis tíos donde mis primos esperaban ansiosos nuestra llegada para que la abuela nos obsequiara con sus abundantes estrenas. Como mujer de costumbres que era, nos hacía colocarnos en fila empezando por el de menor edad y terminado por el mayor, una vez colocados y como si de una gran matriarca se tratara, nos hacia extender la mano y contar junto a ella aquellos billetes que según decía los guardaba debajo del colchón.

Tras un día agotador y con los bolsillos llenos de pasta sólo quedaba esperar a que la noche de reyes, los magos y sus pajes vinieran con los sacos llenos de regalos, pero esta historia la dejaremos para el año que viene.

¡¡Felices Fiestas a tod@s!!

Dedicado a los presentes y a los ausentes.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Los buscavidas

Cuando eres pequeño las vacaciones estivales son eternas hasta el punto en que pierdes totalmente la noción del tiempo y como es de imaginar el aburrimiento era una palabra desconocida para nosotros. Durante aquellos largos días de ocio y diversión siempre teníamos algo que hacer. Habitualmente pasábamos toda la mañana dentro del agua hasta que los dedos se nos arrugaban como pasas y si la tarde no ofrecía ningún plan mejor acudíamos a pescar cangrejos en uno de los muchos canales que riegan los arrozales del parque natural de la Albufera, ofrenciendoles un suculento banquete a base de hígado de pollo.

Como a cualquier chico de nuestra edad el mejor lugar donde pasar las horas era en los recreativos echando unas partidas, con el joystick en una mano y con la otra sujetando una gran bolsa de chucherías. Como todavía éramos “petardos”, la paga semanal no daba para mucho, así que para subvencionar nuestros prematuros vicios había que buscar otras fuentes de financiación que no fueran los bolsillos paternos.

Existían varias maneras de conseguir unas “pesetas” extras durante las vacaciones. Las más codiciadas sin lugar a dudas eran dos: echar una mano a los dueños de las atracciones de feria que instalaban en el paseo marítimo, a cambio de veinte duros y saltar por tiempo ilimitado en las camas elásticas, y montar las terrazas de los garitos donde al caer la noche la gente se dedicaba a tomar su semanal baño de alcohol. Pero lamentablemente estos puestos estaban reservados exclusivamente para los habitantes del pueblo, así que a lo único que podíamos aspirar los veraneantes era a recoger envases de vidrio para luego canjearlos en las tiendas de ultramarinos.

En los ochenta no existía entre la población conciencia de reciclaje, todos los desperdicios se vertían al mismo contenedor, y la única forma conocida era llevar los cartones y papeles a la trapería para venderlos al peso, y los envases de vidrio o también llamados retornables a las tiendas de alimentación.

Con gran esmero nos dedicábamos a recorrer todos los rincones del pueblo para conseguir el máximo número de cascos posibles. La verdad es que racionalizábamos muy bien nuestro trabajo. El día de antes seleccionábamos la zona a explorar y después acordábamos el orden de búsqueda. En primer lugar acudíamos a los lugares donde la juventud de la época se reunía para hacer su particular “botellón, luego continuábamos la búsqueda por contenedores y para terminar peinábamos la zona de la playa rebuscando en las papeleras.

Después de jornadas maratonianas los resultados económicos no colmaban nuestras expectativas, así que decidimos urdir un plan para dar un giro al negocio, y rentabilizar al máximo nuestro trabajo, aunque los métodos utilizados no fueran muy ortodoxos, pero en el amor y en la guerra todo vale.

Durante días estudiamos al milímetro todos y cada uno de los locales con los que hacíamos nuestro particular negocio, observando sigilosamente sus normas de conducta, y su forma de vida. Tras muchas horas de investigación llegamos a la siguiente conclusión:

Pinchar en la imágen.



Evidentemente nuestro objetivo era sin lugar a dudas “Ultramarinos Porra”, pero para perfeccionar el plan había que acudir in situ para comprobar que nuestro golpe maestro iba a funcionar.

Aquella mañana aunque un poco nerviosos estábamos exultantes, parecíamos los “Rat Pack” en la “Cuadrilla de los once” con Frank Sinatra a la cabeza, dispuestos a robar los cinco mayores casinos de Las Vegas, con la única diferencia que en vez de vestir impecables trajes de corte italiano y lustrosos zapatos de piel, calzábamos unas simples cangrejeras a juego con unos “rockys” tan en boga en los estíos ochenteros.

Aprovechando la hora punta en la que las madres acudían a realizar sus compras diarias, entramos en el establecimiento para canjear nuestra preciada mercancía. La tendera que estaba al frente del negocio, como andaba estresada ante tal avalancha de gente y para despacharnos rápidamente, contaba los envases, los anotaba en un papel, y confiando en nuestra infantil inocencia, nos enviaba al fondo de la tienda para depositarlos en una jaula metálica destinada a estos menesteres.

Al final de la tienda y junto a la puerta trasera estaba este inmenso contenedor metálico con diferentes compartimentos, en los que depositabas el envase dependiendo de su marca. La parte derecha albergaba los envases de gaseosa (La Casera y La Senyera), la parte central estaba destinada a los refrescos por excelencia (Coca-Cola y Fanta), por último la parte izquierda era para las litronas. Sus cascos, junto a los de la “chispa de vida” eran los más cotizados, porque se pagaban a un precio mayor que el resto. De hecho en aquella zona de playa eran los más consumidos porque aunque nos ahora nos quejamos, los cubatas siempre han sido caros, y la mejor manera de emborracharse por poco dinero, era bebiendo unos cuantos litros de calimocho y cerveza. Junto a esta jaula había una más pequeña, bautizada por nosotros como la del “rebuig”. Allí se depositaban las botellas de vino y el resto de envases por los que no pagaban nada. Como buenos e inocentes chicos siguiendo a rajatabla las indicaciones de la amable tendera dejábamos los envases en la jaula, pasábamos por caja a cobrar y nos marchábamos.

Como estaba previsto nuestro plan había sido un éxito, ¿y os preguntareis?, ¿dónde está el truco?, pues ahora os lo explico:

Mientras que unos entraban a la tienda, el resto esperaba en la parte de atrás. La operación era muy sencilla, en vez de depositar los cascos en la jaula los sacábamos por la puerta trasera, así siempre canjeábamos los mismos. "Simple y efectivo" o como decía el Coronel John Hannibal Smith: “Me encanta que los planes salgan bien”.

Desde aquel día nuestras ganancias empezaron a crecer hasta límites insospechados, y cuanto más teníamos más queríamos, nos pasábamos días enteros jugando en los recreativos y comprando chucherías a mansalva. Así que decidimos dar una vuelta de tuerca a nuestro exitoso plan. En vez de sacar solamente nuestros envases, ya que estábamos junto a la jaula ¿Por qué no coger algunos prestados?, como podréis imaginar esta genial idea funcionó a la perfección, hasta que todas nuestras expectativas se vieron truncadas por un acontecimiento que no esperábamos, y acabo cumpliéndose la máxima de que no existe crimen perfecto.

La tienda de ultramarinos que tantas tardes de gloria nos había concedido, bajaba la persiana para siempre. Recuerdo aquel momento como si fuera ayer porque un sentimiento de culpa cayó sobre nosotros como una pesada losa y la zarpa del arrepentimiento golpeó nuestras caras. Sin ningún tipo de escrúpulos y sin pensar en las consecuencias, habíamos vendido a la Sra. Porra por 30 monedas de plata, y lo más ruin de todo es que habíamos traicionado la confianza depositada en nosotros. Como auténticos pasmarotes nos quedamos frente a la tienda viendo el trasiego de gente que se dedicaba a desmontar aquel negocio que tan fructífero había sido para nuestras avariciosas manos.

Aquel día y a pesar de nuestra corta edad, la vida nos dio un duro golpe y aprendimos una lección que jamás olvidaremos. Como Don Quijote luchando contra los molinos, esa era una batalla perdida, pero demostrando más lucidez que el chiflado caballero, nuestra tendera preferida cerró la tienda de ultramarinos para montar unos “recreativos”. Cansada de los desfalcos a los que se veía sometida, ¿pensó?: “que le limpien la jaula a otro y sus sucios beneficios los gasten en mis recreativos”.

Y así fue, el destino nos dio una segunda oportunidad para redimir nuestros pecados, y desde aquel momento firmamos un pacto no escrito en virtud del cual todos nuestros fraudulentos beneficios los invertiríamos en su nuevo negocio.

Personalmente me siento orgulloso de aquellas trastadas y por supuesto las volvería a hacer, porque servían para agudizar nuestro ingenio, nuestra creatividad y lo más importante de todo, terminábamos las vacaciones ampliando nuestra formación académica con un “Master in Business Administration”, eso sí callejero.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Nit i Dia

A base de borracheras aprendes tres cosas importantísimas: la primera, no mezclar bebidas, la segunda, siempre sujeta a tu nivel económico, es no beber garrafón y la más importante de todas, no acostarse nunca con el estómago vacio, porque corres el grave riesgo de que la resaca de la mañana siguiente sea de una magnitud considerable.

Tras una larga noche de farra la mejor manera de lamerse las heridas era acudir a uno de los lugares más emblemáticos que haya tenido nuestra ciudad, posiblemente deberíamos movilizarnos en masa para que lo declarasen patrimonio de la humanidad, porque durante generaciones ha sido punto de encuentro para miles y me atrevería a decir para millones de almas etílicas.

Olvidaos de macrobotellones y pijadas por el estilo, si había algo en Valencia que congregaba a miles de jóvenes en un estado etílico más que lamentable era el famoso “horno de los borrachos”, aunque si no recuerdo mal su verdadero nombre era “Nit i Dia”. Estaba regentado por un amable señora que no pasaría del metro y medio, tenía el pelo canoso y cortado a lo chico, andaba un poco cojitranca y cuando la veía me recordaba a Rigodón el amigo de Willy Fog. Siempre estaba acompañada por un fiel séquito de trabajadores que se movían detrás del mostrador como verdaderas máquinas y por un tío gordo que siempre estaba fumando un puro, cuya función no sabíamos muy bien cuál era, supongo que sólo con su presencia la protección del local estaba asegurada.

Lo mejor de aquel ambiente es que jamás hubo ninguna bronca entre sus fieles, era como una gran hermandad, compartiendo efluvios etílicos, risas, potadas y algún que otro canuto, se juntaban gentes de distinto pelaje con un objetivo común, llenar sus agujeros estomacales. Aunque en aquel local y sus aledaños reinaba el caos, había un respeto mutuo hacia tus beodos compañeros, pero claro, en aquellos años no existían los “cicloestáticos” de gimnasio con las hormonas a flor de piel.

Entrar en aquel lugar era una gran odisea. Parecía la puerta del Corte Inglés el día que comienzan las rebajas. Con gran habilidad y usando el codo como palanca intentabas hacerte hueco en aquel maremagnum borrachil. Aparte del esfuerzo, debías soportar una terrible mezcla de olores que revolvían tus tripas y que por dignidad es mejor no recordar. Pero todo ese sufrimiento tenía su recompensa cuando escuchabas las palabras mágicas: ¿Qué le pongo joven?, posiblemente ése era el mejor momento de la noche.

Con gran diligencia nuestra querida y añorada señora te servía los productos estrella preparados al momento. A simple vista puede parecer el bocadillo más sencillo del mundo, pero a aquellas intempestivas horas era como comer caviar iraní mojado con el mejor champán francés.

Tenías dos opciones:

• Completo: compuesto por una abundante gama de fiambres sobre una fina capa de tomate triturado, este bocata era sin duda el más solicitado.

• Súper: explosiva mezcla de atún, con tomate y olivas, reservado exclusivamente para los estómagos más fuertes.

Adaptándose a los nuevos tiempos, incluyeron entre sus múltiples manjares los perritos calientes con extra de cebolla. Mis amigos y yo bautizamos al puesto y por extensión a la chica que lo atendía como: “La perrera municipal”. Aquello era todo un espectáculo, la pobre tenía más paciencia que un santo porque cada vez que acudíamos a nuestra cita gastronómica montábamos un cirio de cuidado, recuerdo que nada más entrar empezábamos a descojonarnos de risa y mientras abríamos hueco hacia el puesto de perritos, comenzábamos a gritar: ¡¡esa perrera buena!!, ¡¡ves preparando dos extras que ya llegamos!!., lo mejor de todo es que como ya nos conocía los tenía preparados.

Este emblemático local ha sido testigo de múltiples anécdotas que bien valdrían para publicar unos cuantos libros, y sus dueños y empleados se merecen si no un monumento, una pensión vitalicia, ya que se precisa de una gran mano izquierda para dominar a tal manada de descerebrados.

Mientras estoy escribiendo este post estoy llorando, pero no de pena ni melancolía, sino de risa, porque creo que jamás en mi vida me he reído tanto como las madrugadas que pasamos entre aquellas cuatro paredes.

Para despedirme he recopilado las incunables frases a las que nos tenía acostumbrados la directora de aquel anárquico y alcoholizado grupo, aunque agradecería vuestra colaboración para completar entre todos un trozo de la vida nocturna valenciana.

¿Qué le pongo joven?

¡¡Longa, morci y chori!!

¡¡Comple con toma!!

El agua, ¿fresqui o natu?

Hay veces que merece la pena desempolvar recuerdos y si son tan buenos como éstos mejor que mejor.

viernes, 16 de octubre de 2009

Pongamos que hablo de .....

En el año 1980 Joaquín Sabina, uno de los más grandes poetas y cantautores que ha parido nuestro país, compuso para su disco Malas Compañías, la canción “Pongamos que hablo de Madrid”. Desde aquel momento se convirtió en un himno no sólo para los madrileños, sino también para el resto de españoles. Es de admirar como en seis estrofas se puede narrar de una forma tan nítida, gráfica y emociónate el modo de vida de una ciudad y la de sus habitantes, hasta el punto que te hace sentir parte de ella.

Digo esto porque hace unos días de manera casual pase por la calle en la que vivimos durante catorce años, lo que me trajo gratos recuerdos de mi infancia y adolescencia. Así que como el maestro Sabina pongamos que hablo de……”mi calle”.

En los escasos 600 metros de recorrido que tenía, al igual que el resto de las del barrio, eran como pequeñas ciudades dentro de una más grande. Podías encontrar pequeños comercios de lo más variopintos, incluso al comienzo de la nuestra había una pequeña placeta que albergaba un mercado con paradas de madera en color verde, donde pasábamos tardes enteras jugando a pillar y al escondite.

Pero de todas las calles del barrio la nuestra era la mejor con diferencia, y no digo esto por hacer patria, tengo razones de peso para que el resto de barrio nos envidiara. Razón, por la que casi siempre andábamos a la gresca con la gente de las calles adyacentes. Cuando llegaba el verano, nos dedicábamos a combatir en una ardua guerra de globos de agua, pero nosotros teníamos ventaja , pues la única fuente de la zona estaba en nuestra calle, así que después de llenar toda nuestra munición, firmábamos un pacto de no agresión para que el resto de combatientes se pudiera aprovisionar. Evidentemente ese pacto, al no estar escrito en papel y como las palabras se las lleva el viento, nunca se cumplía y cuando empezaban a llenar los globos, realizábamos una gran emboscada y no dejábamos títere con cabeza.

Debido a las continuas victorias, nuestra calle se convirtió en centro neurálgico de reunión. Aunque siempre estábamos peleando éramos buenos amigos. Aparte de puñetazos y patadas compartíamos la merienda y "losss chuchesss" que comprábamos en la tienda de la “respetable viuda”. La mayor parte del tiempo la dedicábamos a jugar al fútbol , utilizando como portería el bordillo de la acera y la tapa de registro de mitad de la calle, pero lo que más nos gustaba era subirnos al camión-grúa abandonado, que estaba aparcado de manera permanente en la puerta de los “Talleres Cones” y que compartíamos amablemente con algunos yonquis del barrio que lo utilizaban para administrarse sus adictivos pinchazos, con la única condición que no dejaran resto alguno de las herramientas utilizadas para sus menesteres.

Otro de los lugares de diversión que había en mi calle era una casa que se dedicaba a rellenar los sofás, colchones y almohadones de goma espuma. Este negocio era de unas amigas de mis hermanas, y nosotros le llamábamos “la planta baja”. Allí, emulando a Heidi cuando se lanzaba sobre una nube de algodón, dedicábamos el tiempo a tirarnos desde un altillo encima de montones de goma espuma.

Al principio de la calle vivía el Sr. Antonio o como vulgarmente le llamaban debido a su oficio “ El Zapatero”, su local, por llamarlo de alguna manera, no tendría más de 8 m2, y estaba ubicado en el entresuelo del edifico donde vivía. Cuando mi madre le llevaba algún encargo, ya que por aquel entonces era habitual apurar el calzado hasta las últimas consecuencias, siempre la acompañaba. Al entrar en aquel pequeño pero caótico lugar, debido a la multitud de zapatos que acumulaba, me quedaba embelesado viéndole trabajar con sus grandes manos ásperas y su mandil de piel, sin apartar la mirada de la pieza que estaba manipulando, me preguntaba: ¿qué vas a ser de mayor? , a lo que respondía de manera instantánea: ¡¡zapatero!! , ante mi respuesta sonreía y me obsequiaba con un “sugus”, pero sin duda lo que más me gustaba era el olor a betún y cuero que había en aquel pequeño cuchitril.

Justo en enfrente estaba la tienda de Isabelín, era una mercería y perfumería donde además podías comprar el uniforme del colegio, y algo de material escolar. Con los años aquella tienda se convirtió en el orgullo del barrio, su nombre se inscribió en el Libro Guinness de los Records, porque desde el día de su inauguración hasta su cierre por jubilación mantuvieron el mismo escaparate sin variar ni un ápice los productos que lo componían.

Avanzando unos pasos te encontrabas con “Modas Meyni”, una boutique infantil donde nuestras madres compraban algún que otro modelito para asistir a bodas, bautizos, comuniones, y toda esa clase de eventos en los que te vestían con zapato azul marino de hebilla, calcetín calado blanco o beige, pantalón de pinzas corto, y rematado con un lamentable canesú que te daba un aspecto de lo más repelente.

Para completar el recorrido teníamos un taller de carpintería metálica, dos ebanisterías y una casa de repuestos industriales (Rogelio Pons) para más señas. Otro de los puntos calientes de mi calle era la “trapería”, donde todos los buscavidas del barrio acudían con sus carros llenos de cartones para venderlos al peso, por cierto, ¿sabéis lo que hacían antes de llevar la mercancía?, paraban en la fuente para mojar la carga y conseguir unos kilos extras, ¡¡lo que aprende uno en la calle!!.

Otro de los locales dignos de mención era el palomar del Sr. Juan, que dedicó su jubilación al cuidado de palomos para competiciones deportivas. Recuerdo que cuando mi madre me recogía del colegio parábamos en su puerta y después de preguntar si me había lavado las orejas, de manera mágica sacaba un caramelo de ellas.

Para concluir teníamos el gran privilegio de albergar una sala de recreativos, lugar donde de manera furtiva y cuando la economía lo permitía entrabamos a echar unas partidas. Mi padre me prohibía tajantemente estar en los recreativos porque según él sólo había mala gente y sobre todo su dueño. Yo no lo podía creer ya que aquel hombre era un tipo regordete, con bigote, y pinta de bonachón, que en vez de caja registradora, vestía riñonera de piel en la que guardaba las monedas y los billetes de la recaudación. Con los años me pude enterar que mi padre tenía razón, aparte de los recreativos se dedicaba al menudeo de varias sustancias de dudosa legalidad, hasta que la policía cerró el local.

A diferencia de Madrid, en la que “no queda sitio para nadie”, nuestra calle tenía plazas libres para todos, ya que como os he contado, por aquel entonces era el centro de nuestro pequeño mundo.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Días de cine y lágrimas

Como todos los veranos el mes de julio lo pasábamos disfrutando en el apartamento que mis abuelos tienen en El Perelló. Aparte de pasar todo el día en remojo entre la playa y la piscina, una de las distracciones por excelencia sin contar con los “Autos de choque”, era acudir al cine a ver alguna de las películas que se proyectaban en los Cines Avenida.

Después de los trailers de rigor, del anuncio de las majestuosas lámparas de Rafael Tormo, los fantásticos muebles de Passe-Avant y del discotequero Movirecord comenzaba la película.

Aunque era bastante pequeño recuerdo perfectamente aquel día, más que nada porque aquello era un autentico dramón, digno del más edulcorado de los films a la que la industria de Hollywood nos tiene acostumbrados, en parte gracias a la interpretación de un pequeño “querubín” que hacia manar mares de lágrimas fundamentalmente en el sector femenino de la sala. Además tengo grabada en mi retina la imagen de todas las féminas de mi familia y de sus amigas saliendo del cine, con los ojos hinchados y sus rostros desfigurados, debido a aquel infumable melodrama, que cada vez que veo la cara de Belén Esteban viene a mi memoria aquella terrible imagen.

La película en cuestión era “El Campeón” en la que un atormentado ex campeón de boxeo atrapado por la bebida y el juego decide volver al ring para recuperar su prestigio, gracias a la aparición de su repelente hijo y su sufrida mujer.

Otra de las visitas obligadas al cine era durante la vacaciones de navidad, en las que presentaban grandes estrenos dirigidos al público infantil y juvenil. Cuando llegaban aquellas fechas aparte de los regalos, de la foto con el rey de turno en puerta de Lanas Aragón, y de la liturgia que acompaña a las fiestas navideñas, lo que esperaba con más ansiedad era acudir el día de Navidad a casa de mis tíos para que mi abuela nos diera las “estrenas”.

Como mujer de costumbres que era, nos hacía colocarnos en fila empezando por el de menor edad y terminado por el mayor, aquel año perdí el privilegio de ser el primero pues había nacido mi hermano. Una vez colocados nos acercábamos a ella, y como si de una gran matriarca se tratara, nos hacia extender la mano y contar junto a ella los billetes con los que nos iba a obsequiar.

Pero aquellas navidades había un regalo extra, porque nos íbamos a ver con ella en el cine Tyris el gran estreno de la temporada, “E.T, el extraterrestre”, película entrañable donde las haya dirigida por el maestro Spielberg, que cuenta las aventuras de Elliott y sus hermanos junto a un extraterrestre bajito y cabezón.

Aquella tarde de viernes nuestra abuela nos recogió en casa , y junto a mis primos nos dirigimos nerviosos a ver la película, después de derramar alguna que otra lagrimilla, salimos del cine con la sonrisa pintada en la cara y mirando hacia el cielo con la esperanza de ver la nave espacial con la que el pequeño extraterrestre se había marchado a su planeta.

En la escena final al despedirse, E.T apuntando con su dedo al corazón le dice a Elliott: “Estaré aquí mismo”. Al igual que nuestro querido extraterrestre, ella siempre estará en nuestros corazones.

jueves, 8 de octubre de 2009

Atrapado en el tiempo

Cuando recuerdo esta historia me sigo estremeciendo como aquel día, es la típica imagen que de manera mecánica, guardas en el baúl de los recuerdos de tu memoria para que se llene de polvo con el paso de los años.

La historia se remonta al año 1981, de manera inexplicable se produjo un terrible acontecimiento que estremeció las vidas de millones de españoles. Una conocida estrella de la radio había sido asesinada a manos de un ser despreciable, que durante años martirizó nuestras mentes, igual que la de Alex en la “naranja mecánica”.

Desde siempre he sido una persona a la que le ha gustado estar poco en casa, prefería andar callejeando con los amigos, y cuando la economía lo permitía, que eran contadas ocasiones, acudía a los recreativos a echar unas partidas al futbolín y a las máquinas de juegos del momento. Pero debido a aquel desgarrador asunto mis amigos empezaron a comportarse de manera diferente, cada vez les gustaba menos salir de casa, principalmente los fines de semana, que es cuando más tiempo teníamos para divertirnos. Hasta que llegó el día en el que entraron en estado catatónico, y no solo eso, sus familiares también terminaron bajo la posesión de aquel terrible ser.

Una tarde de invierno decidí entrar en casa de uno de mis amigos, con los nervios a flor de piel comencé a recorrer un largo y oscuro pasillo que desembocaba en el comedor. Conforme avanzaba, mis pulsaciones iban en aumento, sentía como la sangre corría por mis venas a velocidad supersónica, mi respiración era fuerte y jadeante. Pero mereció la pena, pues por fin descubrí la razón por la que pasaban los días encerrados en casa, habían comprado un “video”.

Pero lo que más me impacto de la situación no fue ver a la familia en estado vegetativo viendo películas sin parar, fue su vestimenta. Debido a mi ignorancia, pensé que al comprar el video, el manual de instrucciones obligaba a llevar aquel atuendo. Todos y cada uno de sus miembros vestía con “esquijama”.

Según el diccionario de la lengua española, esquijama es un pijama compuesto de pantalón ajustado a los tobillos y jersey. Pero esta definición es incompleta, porque a esto hay que añadir los calcetines por encima del pantalón, y éste a su vez colocarlo por encima del jersey a la altura de las axilas. Esto se realiza así, ya que por mucho que subas el pantalón siempre queda "colgandero", como si llevaras un pañal gigante. Se puede complementar con batín de felpa o guatiné en el caso de las féminas, en cuyos bolsillos siempre quedan restos de algún pañuelo de papel con los mocos de la última gripe, para completar tan espantosa vestimenta debes calzar zapatillas de cuadros con suela de goma amarilla.

Otra de las cuestiones que me turbaba, era como podían sobrevivir a las maratonianas sesiones de video, pero pronto obtuve la respuesta. Se hidrataban con varios litros de Coca-Cola e ingerían aproximadamente unos 20 kilos de pipas por persona y día. Una vez expirado el plazo de visionado recomendado por el fabricante, consumían varios comprimidos de “Aero-red”, para expulsar los gases y grandes cantidades de “Ungüento Cañizares”, para rebajar la hinchazón de la morrera después de haber consumido tal cantidad de sal.

Después de muchos pataleos mis padres compraron el video, pero cual fue nuestra sorpresa que en el manual de instrucciones no había nada relacionado con los esquijamas. Mi padre, para quedarse más tranquilo llamó al servicio técnico para que resolvieran nuestra duda. El técnico le respondió que la mayoría de los usuarios utilizaban aquella prenda para ver sus proyecciones, pero que eso era decisión personal de cada cual.

Con aquel diabólico aparato, fuimos testigos de interminables horas sentados frente al televisor, engullendo las grandes sagas de: Charles Bronson, Chuck Norris, Pajares y Esteso, Loca academia de policía, Viernes 13, Karate Kid, Rambo, Rocky y tantos bodrios que la lista es interminable.

Durante la década de los 80 los españoles quedamos atrapados bajo el influjo del video, y por extensión de los videoclubs, lugar de culto de aquellos años, pero como este tema da para algún que otro post, no me voy a extender más sobre ello.

Como decía la canción: “Video killed the radio star”. Hoy en día internet ha matado a los dos, pero para nuestra desgracia no ha podido todavía acabar con los esquijamas, pues son muchas las personas que cuando pasan las horas sentadas frente al ordenador lo hacen vestidos con tan horripilante y lamentable prenda.

¡¡Hay cosas que ni el tiempo ni la tecnología podrán cambiar!!

jueves, 1 de octubre de 2009

La tienda en casa

Nuestra vida cotidiana está llena de pequeños inventos que nos hacen la vida más fácil. Uno de los mejores del pasado siglo es sin lugar a dudas el “Tupperware”, o como decían nuestras abuelas la “tartera”. Ese bendito recipiente en el que nuestras madres nos preparan copiosas raciones de comida para que subsistamos una vez nos hemos independizado.

Su creador fue Earl S. Tupper un ingeniero químico norteamericano que en 1944 tuvo la brillante idea de crearlo. Su invento revolucionó la utilización y conservación de los alimentos en todos los hogares del planeta.

La distribución en un primer momento se realizó a través de grandes superficies, ferreterías y pequeños comercios. Pero debido al desconocimiento de sus ventajas, cualidades y múltiples formas de uso, las ventas no funcionaban según sus previsiones. Así que decidió contratar a Brownie Wise una representante muy avispada, la cual implantó un sistema de venta piramidal. Consistía en vender sus productos a domicilio, realizando demostraciones en las que se invitaba a vecinas, familiares y amigas. Pero lo más importante no era realizar la venta, sino captar a nuevas vendedoras a cambio de jugosos incentivos y así sucesivamente hasta crear una red ilimitada de promoción y venta.

Este gran negocio aterrizó en España y pronto subió como la espuma. Como país de cotillas que somos, una buena manera de curiosear la casa de la vecina era acudiendo a este tipo de reuniones. En la mayoría de los casos, el perfil de las vendedoras, era el de amas de casa que con los nuevos vientos que traía la democracia, buscaban una independencia económica del marido.

Una de ellas era nuestra vecina del tercero, era rubia, de mediana estatura, un poco cuellicorta, físicamente recordaba a una mezcla entre Mari Trini y el ratón Tico de las aventuras de Willy Fog. Lo que más me llamaba la atención era su acento andaluz y que siempre estaba afónica, aunque no me extraña porque hablaba por los codos.

Cuando llegaba del colegio y mi madre se la encontraba en la escalera, sabía a ciencia cierta que la conversación iba a ir para largo, así que con resignación me sentaba con mi cartera a la espalda en los escalones, y esperaba a que ella terminara de contarle su vida. Había días que se alargaban tanto las conversaciones que me daba tiempo de hacer los deberes.

Una tarde de junio comentó a mi madre que iba a realizar una demostración de los míticos productos en su casa. A la hora acordada bajamos y entramos en su comedor. Aquello, era un hervidero de gente, de hecho al completarse el aforo máximo permitido en un comedor de 15 m2 y a la verborrea a la que nos tenía acostumbrados nuestra querida vecina, se realizaron varias sesiones hasta completar todas las presentaciones.

Como si de un programa de tele-tienda se tratara, iba explicando las múltiples cualidades de este producto sin parangón ante la atenta mirada del vecindario. Una vez terminada la exposición y la parte de ruegos y preguntas, te lanzaba una oferta que no podías rechazar. Si comprabas el lote completo te regalaba un molde para fabricar tus propios “polos”, utilizando tus bebidas o refrescos preferidos. Mi madre, debido en parte a nuestra presión por el fantástico regalo decidió comprar el lote de fiambreras.

Cuando llegamos a casa estábamos emocionados por nuestra nueva adquisición. Por primera vez íbamos a tomar verdaderos helados de Coca-Cola y no esos de cola que vendían los de Avidesa. Sin más dilación y emulando a los maestros jijonencos, llenamos los moldes con el “líquido elemento” y lo pusimos con sumo cuidado en el congelador. A partir de ese momento, una desazón recorría nuestros cuerpos, mis hermanas no paraban de mirar el reloj y yo cada cierto tiempo embargado por la ansiedad, abría la puerta del congelador para ver si aquel líquido había solidificado.

Mi madre nos aviso de que los polos de Coca-Cola ya estaban preparados, entramos en la cocina y nos quedamos perplejos ante aquella visión. Allí estaban, brillantes, jugosos, con ese color y sabor característico que sólo el popular refresco puede ofrecer. Como lobos hambrientos nos lanzamos sobre ellos para gusto de nuestros paladares, pero una terrible sorpresa nos esperaba.

Después de la primera chupada (no vale el chiste fácil) su color y sabor desaparecieron misteriosamente y aquel fantástico manjar se había convertido en un vulgar trozo de hielo, pero lo peor de todo es que tras varios usos no importaba si lo hacías de Coca-Cola o de aguarrás los putos helados siempre sabían a lo mismo “a plástico”.

Pasado el verano, nuestra vecina se despidió de nosotros para siempre. Se mudaba a una casa más grande. Supongo que gracias a aquellas tardes en las que colocó a medio barrio las famosas fiambreras, porque si hubiera sido por nosotros hubiera acabado viviendo debajo de un puente.


¡¡SI LO SÉ NO VENGO!!

lunes, 28 de septiembre de 2009

La aristocracia del barrio

Un PARAISO FISCAL es un país extranjero que posee una serie de características peculiares, la más importante de las cuales es que aplica impuestos mínimos o cero sobre capitales extranjeros. Actualmente existen más de 200 jurisdicciones que ofrecen uno u otro incentivo a los inversionistas no residentes. Muchos de estos países también son lugares paradisíacos para vacacionar.
(Fuente consultada: Injef)

Uno de ellos es Andorra, ese bello principado pirenaico situado entre España y Francia destino turístico para los amantes de los deportes de invierno y de la naturaleza. Durante los 80 fue por excelencia el lugar elegido para realizar el viaje de fin de curso. El motivo principal no era que los niños de la época conocieran mundo y disfrutaran de unos días fuera de la vigilancia paterna. La realidad era otra bien distinta. La mayoría de los españoles no disponía de grandes capitales que evadir así que la única manera de aprovechar las facilidades que el pequeño principado ofrecía y poder ahorrar unas cuantas pesetas (cuanto os añoramos) era la exención del IVA en todos los productos que comercializaban. En vez de comprar el típico suvenir que acababa llenándose de polvo en la estantería del salón, los padres encargaban a sus pupilos la compra de los productos estrella cuando se visitaban tierras andorranas: mantequilla, azúcar, tabaco y alcohol. Eso sí, siempre y cuando no excedieran de las cantidades legalmente permitidas para no incurrir en delito.

Junto a mi colegio había un pequeño quiosco donde se vendían toda clase de artículos para la vida de un estudiante, principalmente material de papelería, chucherías y productos de bollería industrial. Estaba regentado por una respetable viuda. Como podemos suponer, siempre vestía de riguroso negro para honrar el alma su difunto esposo. Su aspecto, al igual que el del quiosco, era un poco siniestro y desaliñado. Recuerdo que a la salida del colegio íbamos a su tienda a comprar y, dicho sea de paso, a coger alguna cosa sin permiso. Aunque éramos pequeños nos preguntábamos como era posible que con los saqueos a los que era sometida por parte de todo el colegio, esa pobre mujer pudiese subsistir. Misteriosamente, una semana al mes desaparecía de su puesto de tendera, dejando al cargo a su hija, evidentemente con ella los desfalcos persistían y dejábamos temblando las existencias de aquel quiosco.

Muchas leyendas se escuchaban sobre sus desapariciones en parte alimentadas por nuestras mentes calenturientas. Todos creíamos que aquella mujer guardaba un oscuro secreto en su trastienda. Según decían, como no había podido superar la muerte de su marido, no lo había enterrado y lo conservaba en una urna de formol junto al congelador de los ‘flashes’. Así que, cuando se ausentaba del quiosco, era para dedicarse en la trastienda al mantenimiento del cadáver.

Por aquel entonces si querías escuchar música con buena calidad de sonido tenías que comprarte un radiocasete y la mejor marca del momento según los expertos era Sanyo. Llevábamos varios meses dando la tabarra a mi madre para que nos lo comprara. Estábamos cansados de escuchar la música en el viejo tocadiscos de mi padre y lo que estaba de moda era escuchar los sábados por la mañana la lista de los 40 principales (sí, ya existía, no somos tan viejos). Después de mucho pelear, mi madre accedió. Mis hermanas y yo saltamos de alegría y empezamos a preparar una lista con los casetes que íbamos a comprar. Nada más recibir la buena noticia y rebosante de felicidad acompañé a mi madre a por el radiocasete. Comenzamos a caminar cuando de pronto y ante mi sorpresa se paró delante del quiosco de la viuda y entramos en él.

Mi madre saludó a aquella señora con familiaridad y empezaron a hablar. Recuerdo que la viuda anotaba en una libreta (de las de gusanillo) lo que mi madre le iba diciendo, a continuación le entregó un billete de 1.000 pesetas y nos fuimos.

Durante aquella extraña transacción empecé a temblar de miedo, mi mundo se vino abajo, estaba más claro que el agua. Aquella mujer era más lista de lo que nos pensábamos. No sé como podía haber ocurrido pero en aquella libreta tenía anotado todo lo que nos habíamos apropiado sin permiso y, de alguna manera, había conseguido localizar a todas las madres para que pasaran a liquidar las deudas de sus pequeños delincuentes.

Cuando salimos pusimos rumbo a casa. Debido a la tensión del momento no se me ocurrió preguntar por qué no íbamos a por el radiocasete. Se mascaba la tragedia, sabía que en cualquier momento me iba a caer una buena reprimenda, pero como estábamos en plena calle seguramente se esperaría a que llegáramos.

Nada más abrir la puerta mis hermanas preguntaron por el radiocasete. Mi madre les informó que ya estaba todo solucionado y que tuviesen un poco de paciencia. No entendía absolutamente nada, así que me armé de valor y esperando la mayor bronca de mi vida le pregunté: ¿Por qué le has pagado 1.000 pesetas sino has comprado nada?

Ante mi asombro e incredulidad, mi madre soltó una carcajada y me contó de primera mano aquel oscuro secreto que durante tanto tiempo había perturbado las mentes de todos los niños del colegio y de parte del barrio. La viuda usaba su pequeño negocio como tapadera. Su principal fuente de ingresos manaba de la compra-venta de toda clase de artículos traídos de estraperlo desde Andorra. ¡¡¡Toma ya!!! , tanto tiempo pensado que lo que había en la trastienda era una urna de formol y lo que realmente tenía era un arsenal de productos de contrabando. Ahora ya empezaban a cuadrar las cuentas, por fin entendí su permisividad mientras que le expoliábamos su quiosco como vulgares delincuentes. ¡¡Será posible!! Nosotros preocupados por su subsistencia y resulta que la tía era más peligrosa que Al Capone.

La consigna era clara. Aparte de los productos estrella podías encargarle cualquier mercancía si cumplías con tres requisitos: el primero ser madre, el segundo pagar el 50% del encargo por adelantado y el resto a la entrega y el tercero que cupiese en su maleta de viaje. A día de hoy no me explico como esa señora podía traerse aquellos encargos en una sola maleta. Le pregunté a mi madre por ese secreto pero no lo supo desvelar, desgraciadamente al igual que el asesinato de J.F Kennedy seguirá siendo un misterio por resolver.

Cuando llegué al colegio desvelé el gran secreto, pero nadie me creyó, les insistí pero no hicieron ningún caso de mis explicaciones. Ellos siguieron a los suyo, pensando que en la trastienda estaba el cadáver de su difunto esposo y aprovechando el momento en que la señora recogía los ‘flashes’ del congelador para vaciar las cajas de gominolas.

A partir de aquel día ya no participé en los saqueos. Para mí ya habían perdido todo el encanto, prefería ir a casa y junto a mis hermanas disfrutar de nuestras cintas favoritas en nuestro “Sanyo de contrabando”. En especial recuerdo una que mi hermana y yo escuchábamos sin descanso. Era del Dúo Dinámico y mi padre nos la compró un sábado por la tarde en Lanas Aragón.

¡¡ LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO!!

Espero haberte refrescado la memoria. Un beso.

martes, 22 de septiembre de 2009

Adiós mamá, pensaré mucho en ti

Durante años hemos creído que nuestro amigo “Marco” vivía junto a su padre y su hermano en Génova y que, desgraciadamente, por falta de recursos, su madre marcha a Argentina para trabajar y sacar a la familia de la pobreza. Pero al enterarse de que está enferma, Marco y su mono “Amedio” (no se que coño pinta un mono en esta triste historia) viajan de los Apeninos a los Andes para encontrar a su buena mamá, salvarla de su terrible enfermedad y así regresar felices y contentos a su añorada Italia.

Pero con los años me he dado cuenta de que toda esta historia es falsa y ha tenido engañados a millones de niños en todo el mundo que durante la semana esperaban ansiosos y compungidos las desventuras y penurias a las que el jodido Marquitos se veía sometido.

Las verdaderas razones de Marco, su mono y el resto del clan era que su madre regresara, porque después de un año de ausencia no habían tenido cojones a encender los fogones de la cocina, la casa estaba llena de mierda y el poco dinero que les mandaba la madre se lo gastaban en el bar del pueblo bebiendo vino y comiendo de menú.

Digo esto con conocimiento de causa pues algo parecido me ocurrió cuando “por fin” decidí abandonar el hogar familiar para vivir en pareja. Desde ese momento mi vida dio un giro de 180º. Pase de ser el rey de la casa a ser una vulgar cenicienta. De la noche a la mañana me vi en la obligación de administrar una casa y realizar labores domésticas hasta ahora desconocidas. Evidentemente sin la inestimable ayuda de mi mujer hubiera acabado como el clan de los Marco.

Aunque eres feliz por empezar una nueva vida y además compartirla con la persona a la que quieres, los primeros días se hacen cuesta arriba. Estás descolocado, te sientes como un extraño en tu propia casa. Una sensación de vacio te embarga y no sabes muy bien la razón. Hasta que caes en la cuenta de un detalle muy importante que había pasado desapercibo. Te falta “ese calor de hogar” que sentías cuando entrabas a casa de “mamá”.

Al igual que la ministra Bibiana Aído, creo firmemente en la igualdad de género y desde un primer momento decidimos que las tareas del hogar las realizaríamos de forma conjunta y equitativa dando ejemplo de convivencia cívica y moderna de una pareja del siglo XXI. ¡¡si mi abuela levantara la cabeza!!

Posiblemente el momento más traumático fue el día en que por primera vez iba a limpiar. Aquella mañana de sábado hice un descubrimiento que me dejó aterrado y con el cual tuve pesadillas durante varios meses. Su formación es uno de los grandes misterios de la ciencia moderna. Son pequeños trozos de color grisáceo, que campan a sus anchas por toda la casa. Su hábitat natural es el pasillo y son conocidos vulgarmente con el nombre de “pelusas”. Es increíble la cantidad que puedes encontrarte en 70 m2. Da igual las veces que pases la mopa, el cepillo o la aspiradora. Ellas, al igual que las cucarachas, se reproducen de manera espectacular. No podía dar crédito ante la cantidad de pelusas que recogí aquel día. Había tantas que si hubiera sabido hacer punto me hubiera tejido a buen seguro unas cuantas bufandas y varios pares de peucos.

Como dijo Sun Tzu:"si tu enemigo es más débil, conquístalo. Si es más fuerte, únete a él”. Siguiendo al pie de letra sus sabias palabras. Dejamos que las pelusas siguieran su función reproductora y contratamos a una empleada del hogar para que las conquistara.

Otro de los momentos que caracteriza los primeros días de convivencia son los “desayunos” del domingo compuestos por: zumo de naranja natural, tazón de leche con cereales, tostadas con aceite y tomate, mantequilla, mermelada de cinco sabores distintos, algo de bollería (vamos que puedes invitar a desayunar a toda la comunidad) y por último una ración de kiwis y ciruelas para remediar el estreñimiento de los primeros días. La gente dice que la naturaleza es sabia, pero más que sabia, es caprichosa. No se si existe razón científica sobre esto pero pienso que las posaderas (culos es cristiano) tienen memoria fotográfica y hasta que no se acostumbran a su nueva área de trabajo se cierran a cal y canto.

Desgraciadamente, pasado el ímpetu de las primeras semanas, te das cuenta que desayunar así todos los fines de semana es inviable, porque el tiempo que pierdes en prepararlo y tomarlo lo necesitas para, poner lavadoras, tender, planchar y hacer la compra. Así que no te queda más remedio que desayunar un simple vaso de leche y el zumo natural que tomabas se acaba convirtiendo en concentrado de pulpa de naranja.

Una vez independizado entiendes el término "económia de guerra". Tus primeras compras en el supermercado son millonarias. Tal es así que necesitas buscar un trabajo extra para llegar a fin de mes. Básicamente tu despensa y nevera están pobladas de toda clase de caprichos. Por regla general poco saludables y que en la mayoría de los casos terminan caducados y en la basura. Así que finalmente optas por recoger diariamente el "tuppeware" de mamá y dejas tu nevera con los productos básicos de supervivencia: huevos, leche, zumo concentrado de pulpa de naranja y un trozo reseco de limón.

Aunque no lo parezca para los hijos siempre es duro abandonar el hogar familiar, pero creo que para las madres es mucho peor. Y una buena manera para describirlo son estos versos de Serrat:


Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos transmitiendo nuestra frustaciones
con la leche templada y en cada canción.

Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día nos digan adiós.

(Esos locos bajitos)

Tengo que decir que esta vida no la cambio por ninguna. Como he comentado antes la vivo con la persona que más quiero. Pero a diferencia de Marco no tengo que cruzarme el charco para encontrar a mi buena mamá, porque ella está a cinco paradas de autobús para cuidarme y protegerme como siempre ha hecho.


¡¡ Bendita seas !!

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Telenostalgicos

Mucho antes de que aparecieran los canales privados y autonómicos, los españoles sólo podíamos disfrutar del los programas que emitía la TVE. Su programación era de lo más variada pues con sólo dos canales había que contentar a toda la familia. La emisión finalizaba a medianoche (de ahí el índice de natalidad de aquellos años), con imágenes del rey al son del himno nacional. A continuación se escuhaba un pitido ensordecedor y aparecía nuestra querida y añorada carta de ajuste.

Ahora con las plataformas digítales y con la próxima incorporación en todos los hogares del país de la TDT, disponemos de una gran variedad de canales (a cual peor) que emiten de manera ininterrumpida las 24 horas.

Antes, no teníamos posibilidad de elección, había que conformarse con lo que los señores de Televisión Española quisieran emitir, si a esto le sumabas que en casa sólo había un televisor no había más remedio que acoplarse y compartir las emisiones con el resto de la familia.



En el año 82 se produjeron grandes cambios políticos, sociales y culturales en nuestro país. Superado el intento de golpe de estado por unos cuantos militares vinculados al antiguo régimen.Todo cambio de forma radical. Por primera desde las elecciones de 1936, un partido de izquierdas alcanzaba el poder con mayoría absoluta, durante el verano se iba a celebrar el mundial de fútbol y la archiconocida “Movida madrileña” vivía su momento de máximo esplendor.

Pero en nuestra familia también se produjeron cambios importantes. Después de muchos ruegos y suplicas el color entraba en nuestra humilde morada y con ello dábamos un paso muy importante en nuestras vidas. Por fin íbamos a conocer una de las estancias hasta entonces vedada para nosotros. Él santo santorum de cualquier familia de clase media de aquellos años, “el salón”. Como la mayoría de las madres de la época el salón sólo podía utilizarse para hablar por teléfono y según el precepto divino, los domingos y fiestas de guardar.

Hasta aquel día hacíamos vida en la salita. Era una estancia muy sencilla compuesta de: una mesa, seis sillas, una mecedora, un pequeño mueble librería y por nuestra única televisión. Una Vanguard con “UHF”. Pero esa vida tenía las horas contadas. Él camión del Corte Inglés estaba apunto de aparecer.

Cuando entraron a casa, todos estábamos nerviosos y expectantes esperando el momento en que aquellos hombres con mono azul, desembalaran la caja gigante que llevaban entre sus brazos. Una vez instalada, un prolongado ¡¡¡OOOOOOOOOHHHHHHHHHHHH!!! se escuchó por todo el vecindario. Por fin íbamos a saber como vestían realmente los personajes de la “tele”.

La miramos con incredulidad, parecía como un sueño, pero esta vez era real. Ahí estaba, una Elbe a todo color igualita que la del anuncio (lo del vídeo fue más adelante no había que abusar). Al principio nos costo acostumbrarnos. De hecho estuvimos varios días viendo la tele con gafas de sol, ya que tanto color nos deslumbraba. Parecía como ver ahora una película en 3D. Pero una vez superado el shock se convirtió en un miembro más de la familia.

Alrededor de nuestra querida Elbe pasamos tardes enteras en las que mi madre nos preparaba la merienda, que básicamente consistía en bocata de Nocilla o en su defecto vaso de leche con Galletas María Fontaneda (las marcas blancas no existían en los 80). Con ella compartimos los mejores programas que hasta la fecha se han emitido en televisión. Pienso que no hace falta recordarlos ya que son de sobra conocidos.

En lo que si me gustaría hacer hincapié es en algo que ha quedado grabado a fuego en la memoria de todos los que vivimos aquella época, algo que a día de hoy parece ridículo pero que en aquel momento seguíamos a rajatabla. Era un logotipo que aparecía en la parte superior derecha de nuestros televisores “Los Rombos”.

El rombo, aparte de ser un paralelogramo que tiene los lados iguales y dos de sus ángulos mayores que los otros dos. Lo utilizaban en televisión para indicar que el programa que comenzaba no era apto para menores de 14 años (1 rombo) o de 18 años (2 rombos). En cuanto aparecían los dichosos rombos nuestros padres nos mandaban a la cama sin derecho al pataleo.

Hoy, con la guerra de las audiencias todo vale para enganchar al espectador. No importa el lenguaje ni los modales utilizados, tampoco se tienen en cuenta que el programa se emita en horario infantil, si con ello arañan unas décimas de “share”.

Mucho ha cambiado la televisión desde entonces, pero lo que quizás más se echa de menos son programas en los toda la familia pueda sentarse alrededor del televisor.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Soldadito español, soldadito valiente

No hace muchos años en nuestro país era de obligado cumplimiento realizar el servicio militar, hasta que con la entrada del nuevo siglo se acordó la supresión del mismo para profesionalizar las Fuerzas Armadas.

En la España de blanco y negro, y hasta bien entrada la democracia, no sólo era una obligación sino que era un orgullo el servir a la patria, en parte debido a que para muchos jóvenes la única manera de salir de sus pueblos o ciudades era cumpliendo con sus deberes de español.

Cada mes de noviembre, una vez cumplidos los dieciocho años, siempre y cuando no hubieses solicitado la prórroga de estudios, se realizaba el sorteo de los mozos donde se conocía el destino que te había tocado en suerte.

Recuerdo que el sorteo se retransmitía en directo por televisión. Lo que más me llamaba la atención era ver como esos chavales lo celebraban. Todo era fiesta y alegría, aunque yo pensaba que algo oculto y macabro se escondía detrás de esas sonrisas.

Desde pequeño y hasta que alcanzabas la edad legal para cumplir con el servicio a la patria, muchas son las historias que escuchabas sobre la mili: que si haces muchos amigos, que si aprendes a ser independiente y, lo más repetido, “te harás un hombre”. No me extraña, en una compañía con 200 tíos fijo que alguno te borra el cero. La gente que había vivido en sus carnes la experiencia cuartelaría te contaba las mil y una maravillas de aquel mundo color caqui, con guardias, imaginarias, Cetme e instrucción incluidas, parecían como las historias del abuelo Cebolleta.

Pero a mí no me engañaban, se creían que iba a cambiar el arroz al horno de mi madre por el rancho de la cantina, que me iba a despertar con el toque de corneta en vez de con las carantoñas y la voz dulce mi “mamá”, ¡¡ no señores, esa vida no era para mí !!. Además, sólo con pensar en el simple hecho de tener que abandonar la bodega del barrio donde mis amigos y yo pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo, era razón de peso para buscar alternativas a no realizar el servicio militar, y la única manera de hacerlo era declarándose objetor de conciencia.

Para ello, debías enviar una carta al Ministerio de Defensa exponiendo las razones por las que te negabas a realizar el servicio militar. Una vez pasados todos los trámites y declarado oficialmente objetor de conciencia, debías realizar la PSS (Prestación Social Sustitutoria) cuya duración era de nueve meses.

A mediados de los noventa éramos varios los amigos que debíamos ser sorteados por lo que escuchábamos con interés las noticias relacionadas con el tema. El Ministerio de Defensa estaba desbordado, la lista de objetores superaba los 200.000 y seguía creciendo, no daban abasto. Había más personas que puestos a ocupar así que, con un poco de suerte, podías escaquearte de realizar la prestación.

Como los peregrinos que guiados por la fe acuden a Lourdes para que les conceda un milagro, fuimos a declararnos objetores de conciencia. Nosotros, demócratas confesos alegamos razones “filosóficas, éticas y morales” acogiéndonos al artículo 30 de nuestra bendita Constitución.

La noticia en mi casa fue recibida con disparidad de opiniones. Por una parte estaba mi madre. Ella se alegraba de que su hijo siguiera estando bajo el ala materna, en cambio mi padre no se lo tomó nada bien. Para él, y como para la mayoría de padres de su generación, era un orgullo que su vástago mayor cumpliera con sus obligaciones de español desfilando y besando la bandera.

Con mucha paciencia le expliqué que ser objetor no significaba que me fuera a dejar rastas y tocar la flauta en la calle acompañado por un perro pulgoso. A regañadientes aceptó mi decisión, haciéndole la firme promesa de que una vez al mes acudiría a mi cita con el peluquero.

Aproximadamente pasó año y medio desde que oficialmente fui declarado objetor. Había encontrado mi primer y hasta la fecha único trabajo. Todo transcurría con normalidad. Evidentemente, la idea de realizar la prestación había desaparecido de mi cabeza.

Hasta que un buen día mi madre me llamó al trabajo y me dijo: “han llamado del IVAJ (Instituto Valenciano de la Juventud), tienes que presentarte a las 9:00 de la mañana en la calle del Mar”. En ese momento todo mi mundo se vino abajo. Sinceramente creía que se habían olvidado. Lo primero que hice fue llamar a mis amigos y preguntarles si a ellos habían recibido la misma llamada, su respuesta fue negativa (a día de hoy no los han llamado). Puta ley de Murphy. Así que, con gran dolor de corazón, no había más remedio que cumplir con el compromiso adquirido.

A la hora indicada, llegué a las oficinas del IVAJ. Éramos unas sesenta personas. Debías rellenar un cuestionario y elegir un destino para realizar la prestación. Yo, como estaba trabajando, al igual que el polvete, sólo podía hacerlo los fines de semana.

Tenía dos opciones a elegir, una residencia de ancianos o entrar a formar parte de las Brigadas de Vigilancia Forestal que la Generalitat tenía distribuidas por toda la Comunidad. Como decía mi profesor cuando me hacía copiar la lección: “si no quieres caldo, toma dos tazas”.

Éstos son los caprichos del destino. Yo, que en mi vida me había ido de acampada y el fuego que más cerca había visto era el de mi mechero quemando piedras para los cigarros de la risa, me iba a dedicar durante nueve meses a vigilar los montes del Alto Palancia.

¡¡Que Dios nos pille confesados!!

Y así empezó mi vida como objetor, pero eso lo dejamos para otro día.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Mi primera vez

Fue una tarde de invierno. Como cada día, y una vez finalizada mi jornada laboral, pasaba a recoger a la que hoy es mi esposa. Juntos acudíamos a la cafetería del barrio para hablar de nuestras cosas, tomamos asiento y sin esperarlo me dijo: “cariño creo que estamos preparados para hacerlo”. En ese instante un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y mi estómago se encogió como si hicieran con el un nudo marinero. Cuando recobré el aliento y asimilé lo que mi futura esposa me estaba planteando respondí con un rotundo sí. Por fin íbamos a disfrutar de nuestra primera vez, íbamos a entrar en el club de los privilegiados y dejar de ser unos bichos raros, pues la gente se asombraba de que a nuestra edad todavía no lo hubiéramos hecho.

Una sensación de euforia, incertidumbre y nerviosismo embargaba nuestros cuerpos. Estábamos cerca de cruzar el umbral que iba a dar paso a perder nuestra inocencia. Delante de nosotros teníamos la oportunidad de ver realizado nuestro ansiado deseo, lo que tantas veces habíamos escuchado y ahora íbamos a conocer en primera persona: ¡comprar en Ikea!

A la hora señalada entramos en el famoso cubo azul de letras amarillas y comenzamos el recorrido marcado como Dorothy en el Mago de Oz. Yo pensaba que existía una leyenda sobre Ikea pero todo lo que cuentan es cierto. Hasta pienso que se quedan cortos.

Con paso firme fuimos tachando de la lista los productos que mi novia había seleccionado previamente con más paciencia que el santo Job. Pasadas tres horas nos vimos empujando tres carros llenos hasta los topes. Empezaron a entrarme los sudores de la muerte pues pensaba que la furgoneta que habíamos alquilado se iba a quedar pequeña para cargarlo todo.

Una vez terminado el recorrido, bajamos a las cajas pero mi corazón se colapsó cuando escuché: “todavía queda cargar el tablero para la mesa Blika y los estantes Järpen”. Yo no podía dar crédito. Pensaba que el personal de la tienda te cargaba el material del almacén ya que el tablero casi me doblaba en altura pero, como en Ikea no trabaja ni el tato, no quedaron más huevos que ir a por ello.

Como un pato mareado empecé a buscar la ubicación de los productos y tras varios minutos pude leer “Pasillo C Sección 3 Estante 5”, es decir, en lo más alto de la estantería. Como buenamente pude, ya que la naturaleza no me ha dotado de una gran altura, comencé la escalada hacia mi objetivo. Al bajar, y debido al esfuerzo, mi cuerpo temblaba más que si me hubiera bañado en pelotas en el Perito Moreno. Con la lengua fuera, empapado en sudor y a duras penas, conseguí cargar el cuarto y último carro. Después de unos 45 minutos de espera llegamos a la caja. Sólo con nuestro ticket de compra fue necesaria la tala de 20 árboles de la selva amazónica.

Una vez fuera del infierno sueco quedaba lo peor, cargar toda la compra. Tras una hora de arduo trabajo en las que fueron de gran ayuda nuestras largas tardes jugando al Tetris en los recreativos del barrio, conseguimos encajarlo todo. De repente, un alarido se escuchó en todo el parking. Al repasar la lista nos dimos cuenta que faltaban las ruedas Rill para la cajonera Helmer. Tras una agria disputa no quedó más remedio que entrar de nuevo.

Pasadas las cuatro conseguimos salir, así que decimos ir a comer al McDonald’s. Estábamos exhaustos, llevábamos en pie desde las 6 de la mañana y lo único que habíamos tomado en todo el día era el típico desayuno sueco de nombre impronunciable.

Como era de suponer, había mas gente que en la guerra así que, con esa intuición que caracteriza a las mujeres, mi novia comentó: “esperamos a coger mesa y comemos tranquilamente”. Pero yo lo único que quería era salir de allí. Estaba hasta los mismísimos y en mi mente sólo tenía un pensamiento, llegar cuanto antes a Valencia. Haciendo caso omiso a su petición, tuve la brillante idea de pedirlo para llevar y comer en un área de servicio que había a unos 2 kilómetros del centro comercial, “craso error”. Posiblemente una de las peores decisiones de vida, pues quien ha viajado a Madrid sabe que si te pasas una de sus muchas salidas estas jodido. Y así fue. Sin saber como, entré en la capital. Cuando preguntaba a la gente: “Por favor ¿para salir a Valencia?”, resoplaban, me miraban con incredulidad y decían: “Estás en la otra punta de la ciudad”. Una vez recorridas la mayor parte de las calles y avenidas de Madrid, conseguí salir a la M30, pero ahí no había acabado mi pesadilla porque estuve dando vueltas por la circunvalación hasta que encontré la salida de la A3.

Para entonces eran la siete de la tarde, no habíamos comido, “las hamburguesas y las patatas parecían de atrezzo”, mi futura mujer no me hablaba y quedaban tres horas de viaje hasta llegar a casa. En esos momentos no sabía si “tirarme al tren o al maquinista”. Lo único que me mantuvo despierto durante el viaje de vuelta fue imaginarme metiéndole a Ingvar Kamprad (fundador de Ikea) las ruedas Rill por donde la espalda pierde su nombre.

Los expertos en la materia dicen que la primera vez suele ser dolorosa y tienen razón, pues las agujetas me duraron varios días. Así que si estás pensado ir a Ikea ármate de paciencia y sobre todo repasa la lista antes de salir.


(TQ)